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La represión como única respuesta

La única respuesta que ha obtenido hasta ahora la masiva movilización de los chilenos ha sido la represión. El presidente Sebastián Piñera formuló declaraciones a la prensa amiga -que esconde escrupulosamente la violencia de los Carabineros y las Fuerzas Armadas- asegurando que «ha escuchado» el clamor del pueblo, pero entre esas palabras y los hechos concretos hay años luz de distancia porque no ha movido un dedo para satisfacer, siquiera mínimamente, los legítimos reclamos que a viva voz se escuchan en todo el país.
Millones de chilenos han salido a las calles y plazas en todas las ciudades para expresar su hartazgo con un régimen neoliberal que los ha sumergido en la pobreza desde hace más de cuarenta años. Los jóvenes están encabezando las marchas porque advierten que su futuro es negro como el de sus padres en el país que registra la mayor desigualdad social de América Latina y tiene un presidente que es uno de los hombres más ricos del planeta.
También le apuntan a la Constitución nacional que fue sancionada durante la dictadura de Augusto Pinochet porque entienden que es un insulto a la democracia y porque es la garantía del estado de extrema inequidad y de la mercantilización de los servicios públicos esenciales como la salud, la educación o el agua potable.
Chile fue el primer laboratorio del neoliberalismo en América Latina, la cabecera de playa desde donde la «Escuela de Chicago» derramó su dogma sobre todo el continente. Ese modelo persistió luego de la dictadura merced al entramado legal y constitucional que dejó el pinochetismo y la clase política no se atrevió a desmontar. De tal forma, la mayoría de las expresiones partidarias se convirtieron en cómplices de esa ominosa situación y es por eso que las multitudes en las calles dirigen sus insultos a todos ellos.
El solo hecho de que estén las Fuerzas Armadas involucradas en las tareas represivas habla de la endeblez de la democracia chilena. La violación a los derechos humanos está alcanzando niveles alarmantes como lo vienen denunciando organismos y dirigentes del país trasandino. Asesinatos, torturas, detenciones arbitrarias, mujeres obligadas a desnudarse, desapariciones… No hay figura penal que quede libre con semejante brutalidad de los militares que actúan con total respaldo del gobierno.
Pero a pesar de semejante nivel de violencia estatal los grandes medios chilenos, como también los de Argentina, se cuidan mucho de hablar de «régimen», término que solo reservan para hablar de países como Venezuela, Cuba e Irán entre otros que desafían el alineamiento incondicional que exigen las potencias occidentales.
La respuesta violenta del gobierno chileno habla a las claras de su pertenencia ideológica a la derecha más recalcitrante y con ello su desprecio por toda demanda popular de condiciones dignas de vida. Piñera no solo es un presidente elegido por el voto sino también un representante cabal de la elite que se apropió de la riqueza del país al amparo del pinochetismo. Con su accionar no hace otra cosa que defender los privilegios de la clase a la que pertenece. Precisamente por eso, para la prensa del establishment no es un «régimen».