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La titular del FMI se equivocó en todo, salvo en que el pueblo decidirá

SABIAS PALABRAS, SEÑORA LAGARDE

POR SEBASTIAN SOLER
El directorio ejecutivo del Fondo Monetario Internacional debería aprobar la cuarta auditoria trimestral de la economía argentina y transferirle al gobierno otros 5.400 millones de dólares del préstamo stand-by que, desde junio del año pasado, financia la campaña para la reelección de Mauricio Macri. El uso del condicional se justifica porque la revisión anterior se demoró tres semanas más de la fecha prevista en el calendario acordado. Aquella tardanza obedeció a que los técnicos del organismo debieron corregir y actualizar su borrador inicial del «informe del staff», cerrado inicialmente con cifras a diciembre de 2018, para intentar justificar el deterioro de todos los indicadores macroeconómicos relevantes que los sorprendió durante el verano.
Resulta claro que no se cumplirán los pronósticos optimistas que la directora gerente del Fondo, Christine Lagarde, vaticinó durante su paso por Buenos Aires para la cumbre del G20. Nos aseguró entonces que tenía «todas las razones para creer que la situación cambiará en términos de crecimiento en el segundo trimestre de 2019, cuando deberíamos ver una caída significativa de la inflación». A pesar de las pruebas en contrario acumuladas en el arranque del año, los subordinados de Lagarde ratificaron esa predicción en el informe que elevaron al directorio del organismo en marzo, donde también auguraron que la recuperación comenzaría en el trimestre que está a punto de concluir. Lamentablemente, la realidad obcecada persiste en retobarse. Los índices que tienen que bajar se duplican y los que tienen que subir, caen a la mitad. Tras un año de supervisión del FMI, la inflación, la desocupación y la deuda externa que Macri está por legarle al próximo Presidente ya son el doble de las que recibió de la Presidenta anterior. Y hoy la industria emplea la mitad de la capacidad fabril disponible, y se venden la mitad de autos e inmuebles que el año pasado.
La semana pasada, Lagarde se rindió a la evidencia. En respuesta a una pregunta sobre la Argentina que le hicieron confesó que «subestimamos un poco» la situación económica «increíblemente complicada» y reconoció que «lo más sorprendente es la inflación, que en lugar de estabilizarse y disminuir gradualmente como habíamos anticipado, está mostrándose mucho más resiliente de lo que pensábamos» y bajarla «está demorando más de lo que anticipamos». Si su acto de contrición es genuino, debería reflejarlo en el nuevo informe.
Tampoco les resultará sencillo fundamentar que las condiciones «institucionales y políticas» imperantes en el país siguen respaldando el plan de ajuste, uno de los cuatro criterios imprescindibles exigidos por el reglamento del Fondo para conceder un monto excepcional de ayuda financiera como el otorgado a la Argentina.
El único modo eficaz de corregir el rumbo económico es expresar nuestra oposición social a las políticas de ajuste que demanda el FMI votando sin atenuantes por aquellos que se han comprometido a enfrentarlas. Como dijo Lagarde en la misma entrevista en que nos vaticinó un 2019 próspero: «En abril, mayo y junio se debería ver el comienzo del cambio, y después será el pueblo argentino el que decida qué quiere para adelante.» Sabias palabras.