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La TV manda, la política obedece

I. Modernidad vs. posmodernidad; ideas vs. gestos; política vs. televisión. Los binomios pueden variar pero no la antinomia que expresan sus términos. Entristece ver cómo la lógica mediática ha terminado por doblegar al mundo de la política. Entiéndase por lógica mediática la que imponen las cadenas televisivas hegemónicas vendiendo la idea de que los debates televisados made in USA son la cumbre del republicanismo.
En estos arrabales sudamericanos -en donde los deseos de Washington se han vuelto religión- fueron impuestos por ley los debates de los candidatos presidenciales, y para peor con carácter obligatorio bajo pena de suprimir el respaldo publicitario del Estado. Tan democrática imposición interfiere con la libertad que cada espacio político debiera tener para diseñar su propia estrategia comunicacional. Una vez más a los defensores de la libertad de mercado se les escapó la hilacha autoritaria.

II. A esta altura de las cosas pareciera que todavía hace falta aclarar que el debate político es anterior a la televisión. El ágora ateniense, sin ir más lejos, por no hablar de la prensa escrita, el teatro, el panfleto, la radio… Nuestro país ha tenido desde siempre brillantes polemistas; algunos rivales como Sarmiento y Alberdi dejaron una obra escrita memorable.
Cuadricular el espacio-tiempo para encajar con fórceps quinientas palabras por minuto, mirando a cámara como un vendedor onda «llame-ya» o un pastor evangélico, no es un gran aporte a la política y sí es una falta de respeto a los candidatos, y más todavía por la obligatoriedad, se insiste.
Como todos saben, para la televisión -criatura dilecta de la posmodernidad- es más importante el envase que el contenido. Por eso se vuelve relevante que un candidato levante el dedo, que otro transpire, que un tercero sonría canchero, que la corbata o el peinado favorezcan o no.
El discurso también se mide con los mismos parámetros. El golpe de efecto, la chicana, incluso la mentira pueden ser determinantes para «ganar». Macri «ganó» el debate de noviembre de 2015. ¿Y? ¿Ganó el país con su posterior elección?
En verdad el debate presidencial, así planteado, queda reducido a una confrontación de destrezas deportivas, lo mismo que ocurre en esos certámenes televisados en donde los participantes deben competir por ver quién acierta más preguntas en menos tiempo para quedarse con el premio mayor. La única diferencia está en ese premio mayor, que para los candidatos es nada menos que el sillón de Rivadavia.
Eso sí, después suelen escucharse las quejas porque «faltaron propuestas», o porque «no se dijo cómo se van a hacer las cosas». Es que el debate no está planteado para eso. Los «tiempos televisivos» no lo permiten y las reglas están custodiadas con celo por los moderadores, esos lectores de noticias de la TV porteña -en Santa Fe toleraron la presencia de una figura local- que tratan a los candidatos como los celadores de la secundaria a los alumnos. Y lo peor es ver cómo esos roles se asumen con tanta naturalidad.

III. ¿Estas críticas invalidan los debates? De ningún modo. Solo señalan que hay formas más felices de debatir política. En principio, cualquier medio de comunicación es apto para el debate. Las colecciones de muchos diarios lo demuestran; los archivos sonoros de muchas radios también. Incluso la televisión tiene antecedentes respetables bajo otro formato, esquivando el show y la pretensión totalizadora propia del medio que lo lleva a enjaular a todos los candidatos para competir en un mismo set.
La política merece más respeto, pero pareciera que eso es pedirle demasiado a la televisión; al menos a esta televisión. De esto a la antipolítica hay solo un paso. Porque subordinar ideas, proyectos y discursos a la dictadura del tiempo y la imagen que impone el actual modelo televisivo, copia fiel del que baja desde Estados Unidos, oscurece en lugar de iluminar.