La democracia en el mundo de las ideas

SEÑOR DIRECTOR:
En el curso de la segunda semana de este mes se han realizado actos para recordar y destacar un hecho de su día número 10.
En ese día del año 1983 asumía la presidencia Raúl Alfonsín. Había ganado una difícil elección, la primera sin exclusiones después de muchos años; la primera, también, al cabo de los crueles años vividos desde que el proceso político quedó severamente alterado por una cadena de acontecimientos que habrían de culminar con una dictadura militar y una guerra.
Tuve oportunidad de exponer mi pensamiento ante un grupo de personas, acerca de la experiencia de este tramo de la historia nacional. Un aspecto que entendí que valía considerar es el que parte de aquella frase de Alfonsín, cuando candidato, acerca de la democracia: que con ella se come, se educa, etcétera; es decir, que todo lo que es la vida discurre por el mismo cauce y que, por ende, llamamos democracia a una forma de vida: a una forma que toma la vida de una comunidad para ensayar la convivencia, luego de haber transitado el fraude, la exclusión, el golpe cuartelero, los atentados, el crimen de Estado y toda esa gran mancha de sangre que marcó el tránsito desde (por poner una fecha) 1930, cuando el primer golpe militar del siglo.
Había escuchado y leído, en más de una ocasión, en días recientes, que hay quienes recuerdan esa frase para hacer notar que los veinticinco años de democracia no han asegurado ni la mesa básica para todos, ni la educación ni la seguridad ni la salud… Entendí que éste debía ser uno de los puntos de mi exposición.
¿Era verdad lo que decía Alfonsín? Lo era en el sentido racional y relativo del acontecer en las cosas humanas. Lo es como propuesta orientadora. Lo es en cuanto definición de un objetivo, aquello que deberá orientar los pasos a partir del momento en que la democracia se instala. No es una frase vacía sino una propuesta para hacer. La democracia tiene ya demasiada historia para que se la pueda considerar vacía. Es una voz que sintetiza mucho más de lo que puede abarcarse en el discurso ocasional. La democracia, por caso, determina que cada hombre es, políticamente y para el momento de elegir gobierno, un voto. Un único voto. Esto supone dos cosas inmediatas e igualmente profundas: por un lado dice que los hombres son políticamente iguales, que cada uno tiene el mismo grado de poder potencial, cualquiera sea su situación. La segunda cosa es que hace saber que los gobiernos resultan del ejercicio del voto y que deben renovarse periódicamente, que no se llega al poder para atornillarse allí y que si muchos lo intentan es porque, en el fondo, no aceptan la igualdad ni la periodicidad ni, por ende, la democracia. Hay una tercera noción que se hace clara a partir de la igualdad 1 hombre-1 voto: la realidad del Otro y la inevitabilidad de su reconocimiento. En la lucha por la vida y en su relato, lo que más se ve es la negación del Otro como un igual. Más veces lo hemos visto y lo seguimos viendo como el obstáculo, como lo que recorta nuestras posibilidades, esperanzas y ambiciones. ¿Qué tiene de extraño que, a partir de este modo de ver al Otro, se lo quiera sacar de nuestro camino, ya descalificándolo, ya eliminándolo (sin que el asesinato haya sido un límite a esta manera de verlo). ¿Acaso no fue eso lo que nos pasó en el largo tránsito previo a estos 25 años en democracia? ¿No seguimos, todavía, mirando al Otro como lo que limita o molesta? La democracia, con sólo ser pronunciada, instala al Otro como igual y manda hacer de tal reconocimiento el punto de partida para construir una sociedad menos traumática y menos injusta. La democracia llama desde más allá. Espera en el horizonte. Ella es la cosa por hacer, la tarea por cumplir. La otra frase de aquel presidente de 1983 fue que ahora hay que buscar los “consensos”. Nunca seremos iguales en todo, pero la identidad originaria hace posible el consenso para el interés que compartimos.
Atentamente:
JOTAVE