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Viernes 05 de junio 2026

La desigualdad y el desafío que supone

Redacción 29/07/2010 - 01.01.hs

SEÑOR DIRECTOR:
Los medios destacaron que el presidente Lula había llorado dos veces en el curso de un programa de televisión.
"Me estoy poniendo viejo", quiso explicar Lula, tal vez algo fastidiado porque no había podido impedir sus lágrimas. Decirse viejo supone algún grado de exageración, puesto que está por cumplir 65 años, edad que hace pensar, más bien, en la hora del retiro. Pronto dejará el palacio presidencial pues en Brasil se admite solamente una reelección consecutiva y Lula está al término de la segunda. Tiene un ochenta por ciento de opiniones favorables, un nivel raramente alcanzado al concluir un mandato. Quiere que el gobierno pase a manos de la candidata de su partido, Dilma Roussef, pero las posibilidades aparecen igualadas con el candidato de la derecha.
La explicación más plausible de esas lágrimas es que Lula hablaba de dos momentos de su gobierno. El primero, cuando se reunió con los cartoneros de San Pablo bajo un puente, donde viven al aire libre, Iba a comunicarles que el gobierno les daría medios para financiar una nueva organización, de tipo cooperativo, que luego se constituyó. El segundo momento fue cuando mencionó la vez que recibió a los Sin Techo en la sede presidencial y la delegación le hizo saber que dejaba para otro momento sus demandas porque en esa oportunidad les bastaba disfrutar el momento de haber ingresado al palacio. Debe entenderse que tal suceso llevaba implícito, para ellos, el reconocimiento formal de su organización y de cada uno de ellos, personas del lumpen. Dado que Lula viene de niveles sociales bajos y se abrió camino en la militancia de un gremio debe comprenderse que, para él esos momentos le dieron la íntima satisfacción de estar cumpliendo su compromiso profundo de empezar a abrir brecha en la desigualdad social imperante.
De la desigualdad habla el informe que acaba de producir el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo Humano (PNUD). Si bien da a conocer la calificación que este año ha asignado a los Estados miembros de América latina, la preocupación dominante de la organización es la desigualdad social imperante. Lo que se mide, en consecuencia, es el grado de avance en efectos de superación de esa diferencia. Nos place saber que la Argentina, con Chile y Uruguay, ocupan los primeros lugares en la calificación, mientras en el otro extremo aparecen Nicaragua, Bolivia y Honduras. La clasificación resulta de considerar el ingreso (lo que entra en los hogares) y los estándares de salud y educación que llegan a la población en su relación con los niveles de desigualdad. Esto significa que el PNUD toma en cuenta cuánto se brinda en esos rubros esenciales, pero también pone la mirada sobre la forma en que se distribuye. El informe hace notar que en nuestra región la desigualdad afecta más a las mujeres, que reciben menos salario por igual trabajo, tienen más presencia en el trabajo informal y soportan mayor carga horaria. También afecta en mayor grado a los aborígenes y a la población que desciende de los negros que ingresaron como esclavos. El círculo vicioso de la desigualdad, repite el informe, se transmite de generación en generación porque las políticas de desarrollo se aplican desigualmente. Sólo el 5 por ciento de los hijos de hogares pobres llega a la universidad, en tanto que el 80 por ciento de los hijos de hogares con adultos que tienen estudios superiores tiene acceso real al nivel terciario. Siendo así, importa menos el monto de la inversión en esas políticas, que la forma en que se distribuye para lograr el objetivo de reducir la desigualdad. El sistema político, el Estado, aparece muchas veces contribuyendo a perpetuar la asimetría existente.
Lula debe sentir que su compromiso es intervenir en los niveles bajos. Sus lágrimas parecen revelar que en las oportunidades mencionadas sintió como nunca estar a la altura de su compromiso.
Atentamente:
JOTAVE

 


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