La invención posible y su incierto porvenir

Señor Director:
Allá por mis años mozos, “y perdonen la distancia” (como se lee en La leyenda del mojón), el tema del inventor era tomado a risa. En las historietas solía haber un personaje que siempre estaba inventando cosas, pero luego resultaba que eso no tenía aplicación alguna, ya estaba inventado o no agregaba mejora a lo conocido.
En Santa Rosa hubo varias personas que cayeron bajo esa mirada risueña o burlesca. Sin embargo, una experiencia que pude hacer entonces me desconcertó. También hubo quienes no se sumaban a la chacota o disentían francamente con esa descalificación expresa o implícita. No ahondé entonces en las consecuencias de esta experiencia, aunque ella sirvió para resistir la inclinación por lo pintoresco o reidero. Años después, al leer El maestro ignorante actualicé el recuerdo y creí hallar un esbozo de explicación. Jacques Ranciere, el autor, parte de una experiencia del pedagogo francés Joseph Jacotot, para desarrollar en este libro aparecido en l987 las relaciones maestro-alumno ubicándolas en un plano horizontal (contra la verticalidad tradicional). Lo que Jacotot descubrió al relacionarse con alumnos holandeses en el siglo XVIII, es que todo hombre nace con las capacidades que permitieron que nuestra especie se convirtiese en el ser histórico que es, o sea la capacidad de aprender a partir de su experiencia, la de atesorar dicha experiencia y la de hallar respuestas innovadoras a los desafíos que le plantea el existir. De ahí se puede inferir, además de las aplicaciones pedagógicas que expone Ranciere, que tenemos aptitudes innatas para inventar y que se trata de canalizar esa capacidad ante cada nuevo desafío. También se infiere que el maestro no enseña sino que promueve las experiencias adecuadas para ejercitar tal aptitud innata. De ahí viene la relación horizontal que busca ahora la escuela argentina y que explora y ensaya experiencias tan llamativas como la escuela sin aulas.
De ahí mismo sale el planteo que es básico en la conducción del ministro Lino Barañao y el porqué de que su ministerio se denomine de Ciencia y Tecnología, pero, además, de Innovación Productiva. Estas últimas dos palabras son un modo discreto y orientado de hacer referencia a la invención, sólo que esta vez orientada a la producción. No se trata ya de una invocación teórica a esta capacidad del hombre, sino de una provocación para orientarla hacia la innovación productiva: dar respuesta a los problemas concretos que traban la producción ahora y aquí. Días pasados comenté el nexo que se ha creado para que quienes producen o pueden producir, hagan conocer su problema. El ministerio lo encara con sus centros de investigación y con todos los existentes en universidades y así han podido darse respuestas hasta inesperadas, que a veces vienen de quienes están ya en esa tarea y en casos surgen de los estudiantes universitarios y aun de nivel medio y primario. Dentro de ese esquema ha surgido también Tecnópolis, ese centro que este año atrajo a más de cuatro millones de visitantes. Días atrás hubo un premio Konex para “el hecho destacado de la época”, que fue asignado al ministerio, al tiempo que Lino Barañao fue distinguido con un Konex a la trayectoria. El ministro anunció, días atrás, el porcentaje de innovaciones que ya se producen y que, incluso, comienzan a exportarse. El ministerio se ha ocupado que haya crédito y financiación especial para estos destellos de la capacidad inventora. En todo el país.
Supongo que a más de uno de nuestros inventores del pueblo chico les hubiese gustado vivir esta experiencia. Vistos desde la perspectiva actual no aparecen ya como “locos lindos” sino como expresiones de una capacidad ociosa por falta de oportunidades, orientación y ayuda financiera. La inteligencia puede ser un gigante dormido que, si es llamado, puede aquí lo mismo que ha podido en otras partes.
Atentamente:
JOTAVE