La solidaridad que despertó el volcán

La erupción del volcán Chaitén -un acontecimiento que sacudió al país, y que todavía lo conmueve ya que es azaroso el final del episodio telúrico-, ha tenido la virtud de generar hechos que ponen en blanco sobre negro una idea no del todo afirmada hasta ahora: la hermandad fáctica entre argentinos y chilenos.
Los “hermanos chilenos” o “hermanos argentinos” son frases que a menudo han estado en boca de dirigentes políticos, especialmente cuando se trata de descomprimir situaciones de tensión originadas por roces fronterizos o discutir cuestiones limítrofes. Sin embargo, pese a esas palabras aleccionadoras y a las estrechas relaciones de todo tipo existentes entre los dos países -que tienen, además, economías complementarias- también suele subsistir un indefinible sentimiento de desconfianza y descalificación mutua que trasciende la inevitable rivalidad deportiva que renace en cada encuentro de las selecciones nacionales en los estadios de fútbol.
Es cierto que ese evidente pero inabarcable sentimiento registra múltiples antecedentes y que tenía como basamento, como ocurre en muchos otros ejemplos, en la coincidencia fronteriza y los mutuos reclamos de tierras. Además, así como hubo hombres prudentes en ambos lados de la Cordillera que a lo largo de los años fueron limando las rispideces en aras de una integración beneficiosa para ambos países, también hay que reconocer que hubo otros belicosos y delirantes que -increíblemente- no dudaron en alentar un conflicto armado como única solución a los diferendos. Basta recordar entre nosotros al general Luciano B. Menéndez, un feroz represor que durante la última dictadura militar se jactaba de estar en condiciones de resolver los conflictos limítrofes en tres días, que era el tiempo que, a su juicio, le llevaría la ocupación militar de Santiago de Chile. En la vertiente trasandina, lo mismo puede decirse del vesánico Augusto Pinochet. Los pasos cordilleranos de escaso o nulo tránsito sembrados de minas no desactivadas hasta unos años atrás, obran como evidencia de esa patética situación que conmovió a ambas sociedades.
Estos antecedentes hacen que, recordando aquellas posibilidades, argentinos y chilenos comunes -el pueblo-, no puedan dejar de alegrarse y aún de conmoverse al comprobar en los hechos los lazos de solidaridad efectiva que perduran entre ambos países frente al desastre generado por el volcán Chaitén. Es que no solamente son muchos los refugiados chilenos que, acosados por la ceniza y sus riesgos consecuentes, se alojan en el lado argentino sin que los ampare parentesco alguno, sino que fuerzas armadas de nuestro país están colaborando activamente en la vigilancia y supervivencia en pleno territorio trasandino. Es el caso de los gendarmes que patrullan los pueblos abandonados y procuran alimento al ganado -que muy posiblemente sea trasladado a territorio argentino- o de los grupos del Ejército nacional que han llevado a la zona de desastre equipos potabilizadores de agua para paliar las necesidades de los sufridos pobladores de la región que están padeciendo el duro embate del volcán. Ver a carabineros chilenos y gendarmes argentinos trabajar en armonía y en forma coordinada resulta alentador cuando antaño fueron, a menudo, enconados rivales.
Ahora, frente a los saludables vientos de cambio que recorren los diversos países del continente sudamericano, quizás sea esta solidaridad en la desgracia lo que venga a marcar y a dar sentido, definitiva y eficazmente, a aquellos llamados a forjar un “destino común”, tantas veces pronunciados en los vanidosos discursos de ocasión.