La televisión como Cambalache

Justo cuando parece que la televisión argentina ha llegado al extremo, y ya no puede caer más bajo, aparece un nuevo episodio que obliga a revisar esta certeza.
Un turista extranjero, que paseaba en bicicleta por el barrio porteño de La Boca, con una cámara filmadora instalada en su casco, fue abordado por un delincuente armado, a bordo de una motocicleta, que le exigió la entrega de su mochila. El intento de asalto así filmado, fue subido a las redes sociales y rápidamente llegó a los medios de comunicación, que “popularizaron” el visible rostro del ladrón pescado in fraganti.
El hecho debió derivar en una rápida acción judicial que condujera a la individualización y detención del implicado, y en su rápido juzgamiento. Muy lejos de ello, el ahora popular “motochorro” se encuentra gozando no sólo de la libertad, sino también de la dudosa fama que el episodio le ha proporcionado. Desde hace unos días desfila por distintos programas de televisión, dando su versión de los hechos -asegura que salió a robar para hacerle una fiesta de cumpleaños a su hijo- y, encarnando al tan temido villano, se dedica a debatir sobre la cuestión de la inseguridad con otros interlocutores de autoridad igualmente discutible.
La nueva celebridad, de aspecto humilde y con una prominente cicatriz que le atraviesa el rostro, no puede coincidir más con la caricatura habitual del delincuente. El cinismo con que se conduce -cuestionando, por ejemplo, a la víctima que lo filmó- no desentona con el de sus ahora colegas mediáticos, algunos de los cuales propugnan la pena de muerte para los delincuentes, pero no vacilan en tomarse fotografías sonrientes con la naciente estrella.
En medio de todo este circo patético, cabría preguntarse si este pasaje tan inmediato y exitoso de la delincuencia al estrellato televisivo, no dice bastante sobre la televisión como sistema. La tentación de acudir a Discépolo es muy grande. Para la TV argentina da lo mismo un burro que un gran profesor, un delincuente que un científico, un boxeador que un prócer: “los inmorales nos han igualado”. Para la TV argentina los únicos valores vigentes son los del éxito y la fama, sin importar el camino seguido para alcanzarlos.
Es así como en esos programas curiosamente llamados “reality show”, los ignotos participantes están dispuestos -por una cuota de celebridad- a vender su intimidad las 24 horas del día. Es así como los programas más exitosos de TV denigran sistemáticamente a las mujeres, lo cual no les impide, de vez en cuando, compadecerse de los femicidios que ocurren a diario, como si ambos hechos no tuviesen relación alguna.
En este estado de cosas, es lícito preguntarse si, hoy por hoy, la televisión es compatible con la dignidad humana. La respuesta, desde luego, es positiva: en aquellos casos donde la comunicación es concebida como un valor en sí misma y no un mero medio para el lucro -como ocurre con la TV cooperativa- se puede todavía encender el televisor sin ser cómplice de estas exhibiciones que ofenden la inteligencia.