La tesis de los tres ciclos políticos del PJ pampeano

UNA MIRADA MAS ALLA DE LOS NOMBRES PROPIOS

Norberto G. Asquini – En 2015 se termina un ciclo institucional del PJ al no haber reelección. Pero hay dos ciclos a largo plazo: uno el de “La Pampa peronista” que se abrió en 1983 y otro el de los “grandes liderazgos”. ¿Se mantendrán en 2015 o su fractura interna comenzó a erosionarlos como proclama la oposición?
Las próximas elecciones se presentan como un momento de cambio institucional -después se verá si de proyecto- porque la sucesión presidencial no tendrá a un Kirchner como postulante después de doce años de gobiernos. También en la provincia ocurre lo mismo, ya que tampoco habrá reelección para el gobernador Oscar Mario Jorge. Ya analizamos anteriormente que en La Pampa ese cambio se puede dar, al menos si consideramos la tendencia histórica y la situación actual del PJ, más en la continuidad oficialista -desde un sucesor del mismo sector hasta la asunción de la oposición interna- que en la alternancia con la oposición.
El recambio que se dará a nivel nacional se analiza, desde la lógica que organiza el discurso opositor, como el cierre de un ciclo político en el país. El sociólogo Edgardo Mocca, cuyo análisis se toma como base, afirma que en términos institucionales no hay dudas de que en 2015 empieza un nuevo capítulo al dejar la presidenta Cristina Fernández el cargo por el impedimento constitucional a una nueva reelección. Quien defienda en la boleta la continuidad de la actual coalición gobernante, no será ninguno de los líderes que gobernaron desde 2003, indica Mocca. Sin embargo, hay otro ciclo, el histórico, que muchos proclaman y desean, que se mantendría según marcan las encuestas. El de los gobiernos de políticas “nacionales y populares” que sostendrían sus lineamientos generales, más allá de los perfiles como gobernantes que tendría cada candidato oficialista. Y a nivel regional, el de los proyectos progresistas en América del Sur.

Ciclos provinciales.
¿Qué ciclos políticos, e históricos, encontramos en la provincia? Es indudable, como indica Mocca, que se cierra uno institucional con el alejamiento de Jorge como gobernador, también por un impedimento constitucional.
Hay detrás otro, más amplio, de carácter histórico. Es el de “La Pampa peronista”, los ocho gobiernos justicialistas que se sucedieron desde 1983 en la provincia. Mocca indica que “es más difícil y problemático afirmar la caída de un ciclo histórico que describir el hecho real de la cercanía de un nuevo capítulo político-institucional. Porque los ciclos históricos son, por regla general, más largos y menos dependientes de coyunturas electorales”.
Y completa: “Un ciclo histórico es una tendencia predominante y no una descripción unitaria y completa de cada uno de los procesos políticos que transcurren en su interior”. Por supuesto, está hablando de tendencias mundiales.
Este ciclo en la provincia, más allá de las diferencias que hubo en la forma de gestionar de sus mandatarios, tiene entre sus rasgos centrales un PJ tradicional con su capital político, su fortaleza institucional y el uso, y abuso, de la máquina estatal. De hecho, ninguno de los gobernadores que se sucedieron apeló a discursos refundacionales frente a su antecesor como una etapa cerrada, sino que fue casi una continuidad a pesar del cambio de perfil y de nombre en la nueva gestión.

¿Se cierra?
Desde la oposición siempre se proclamó que esta etapa de la historia pampeana llegaba a su fin frente a cada elección y por el agotamiento de su proyecto. Siempre fueron más deseos que un diagnóstico cierto de la realidad. Sin embargo, hoy se observa la erosión de ese ciclo histórico ante las variadas y muy agudas divisiones internas que vive el PJ desde hace una década y que se podría traducir en una merma de los apoyos en las urnas y hasta en el “voto bronca” contra los propios.
Pero un ciclo no se termina cuando así lo proclaman sus opositores sino cuando perdió definitivamente su atractivo y su función. Cuando mantiene su vigencia, promueve su superación o su transformación en una fórmula política más eficaz. En ese sentido, estamos ante un peronismo en el que conviven diferentes visiones sobre la marcha del país y de la provincia y en el que se ha perdido una visión de conjunto para gobernar.

Grandes liderazgos.
En paralelo al anterior, tenemos un tercer ciclo que puede finalizar en las próximas elecciones o prolongarse un tiempo más, aunque su final sí sobrevendrá en menos de una década: el de los “grandes liderazgos” dentro del Justicialismo pampeano. Analizábamos al cumplirse tres décadas de la recuperación democrática de 1983 que durante ese tiempo hubo tres dirigentes centrales que acapararon los principales cargos políticos y fueron referentes de líneas: Rubén Marín (gobernador cuatro veces y senador dos), Carlos Verna (ministro, intendente de General Pico, senador tres veces y gobernador) y Oscar Mario Jorge (ministro, intendente de Santa Rosa en tres oportunidades y gobernador en dos).
Hoy Verna apunta a ganar nuevamente la gobernación el próximo año, manteniendo el poder bajo los nombres de los liderazgos fuertes que representan referencias importantes en el partido, concentran poder y garantizan gobernabilidad en la sociedad. Sobre todo en un PJ que a pesar de las fuertes divisiones de la última década tiene como factor estructurante su verticalismo en el que la permanencia del líder es indispensable para garantizar la continuidad. Pero esa característica populista en el peronismo hace que bajo la predominancia del conductor no puedan surgir líderes alternativos con peso electoral o capital político propio. Lo sufrió Marín en 2003 cuando tuvo que dejar en manos de Verna la gobernación y no en alguien de su entorno. El vernismo puso “desde arriba” a quien podía sucederlo por su capital político como fue el caso de Jorge; y en 2011 volvieron a buscarlo ante la renuncia de Verna a su candidatura. En 2012, Jorge se autonomizó librándose de las limitaciones que le imponía el vernismo.

Hacia adelante.
A partir de 2003, tal vez antes, el poder en el PJ dejó de ser monolítico con un actor preponderante como fue Marín en la gobernación en la década anterior. El poder de los liderazgos no se fue sucediendo o suplantando, sino que en las siguientes gobernaciones se fue particionando -prueba de ello es que los mandatarios sacan cada vez menos votos porcentuales en cada votación- primero entre vernismo-marinismo y luego entre jorgismo-vernismo-marinismo.
Ante este panorama, hay que preguntarse: ¿Tendrán los “grandes liderazgos” sucesores a la medida? ¿Quién quedará al frente del marinismo cuando no esté Marín? ¿Se fragmentará sin ese dique de contención en sus tendencias internas? ¿Podrá Jorge imponer un precandidato de su línea con éxito para sucederlo el próximo año? Más allá de que ese postulante no tenga capital electoral propio, ¿podrá el mismo gobernador transferirle a ese candidato el respaldo social y político que tiene el mandatario? ¿Quién sucederá a Verna en el futuro si llega a ser nuevamente gobernador en una estructura que lo tiene como único e indiscutido líder? ¿Le pasará lo mismo que a Marín en 2003?