Las inundaciones y el mal uso del suelo

La reciente reunión de productores rurales con técnicos del INTA realizada en Colonia Barón vino a poner en blanco sobre negro la raíz del problema de las inundaciones en la llanura pampeana, esta vez con el respaldo de una palabra oficial y calificada. Las dificultades que afronta el agro de la región más productiva del país, que incluye parte de nuestra provincia, tiene dos causas físicas que se reconocen como básicas: el ascenso de los niveles del agua subterránea y las lluvias que parecen avalar un nuevo ciclo o, también, un cambio climático de características globales. Ese exceso de agua precipitada se complementa, a su vez, con la actividad humana: la siembra selectiva y reducida a unos pocos cereales, que prácticamente ha llevado a la desaparición de los cultivos de invierno y, consecuentemente, a que durante muchos meses del año no actúe el otro elemento regulador del sistema: la evaporación del agua por las plantas.
Este problema venía siendo advertido desde hace tiempo y ahora se ve confirmado por una voz con gran autoridad en la materia. Sucede que detrás de esa cuestionable forma de producir está el tan elogiado y promovido mercado, cuya única apuesta es la ganancia inmediata, importándole muy poco y nada el cuidado del ambiente. Y no es que el campo argentino estuviera desprevenido: desde hace al menos dos décadas se vienen sucediendo desastres de distinta índole cuyos orígenes -deforestación, siembra indiscriminada, ausencia de rotación, etc.- fueron identificados por los sectores más conscientes y sensibles del campo, pero sin éxito. Uno de los técnicos del INTA lo ratificó al señalar que “a veces, como sociedad, no aplicamos medidas adaptativas, aunque haya avisos previos”, recomendando el regreso a los llamados “cereales de invierno” (trigo, avena, cebada, centeno…) que en su consumo natural de agua contribuían a deprimir las napas.
En la actual catástofe -ambiental y productiva- buena parte de la responsabilidad le corresponde a las sucesivas administraciones nacionales como también a varias de las entidades agropecuarias que, tentadas por la ganancia fácil e inmediata de algunos cultivos, la soja especialmente, no vacilaron en talar miles de kilómetros cuadrados de bosque, aun en las zonas en que esa acción era absolutamente desaconsejable por razones climáticas y edáficas. Es evidente que unos y otros despreciaron la perspectiva del mediano plazo y la armonía ecológica, y se subordinaron a un factor que fue determinante: el lucro. La consecuencia de ese proceder es la emergencia hídrica que hoy está padeciendo una amplia región del país y que posiblemente necesite mucho tiempo para volver a la normalidad.
Ahora, ante la calamidad ya consumada, sólo queda mirar al cielo y esperar que se cumpla el pronóstico de unos meses sin excesos de agua y cumplir la recomendación de los técnicos, antes desdeñada: aportar siembras que extraigan el incremento del agua subterránea y no dejarse engañar por espejismos económicos que tanto daño ocasionan. También, desde luego, actualizar en forma urgente la ley sobre el uso del suelo.