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Las marionetas sudamericanas

Mientras el gobierno de Mauricio Macri sigue sin reconocer, y menos condenar, el golpe de Estado en Bolivia, el presidente depuesto Evo Morales debió atravesar una odisea para salir con vida de su país y poder asilarse en México. Primero no le permitían despegar desde suelo boliviano, después Perú modificó su postura inicial y negó permiso para ingresar a su espacio aéreo, y lo mismo sucedió con Ecuador. La aeronave tuvo que seguir un derrotero sinuoso sobrevolando los límites fronterizos para salir al Pacífico y enfilar hacia tierras aztecas.
El caso reveló las presiones que ejercen -y a la vez sufren desde el Norte- los gobiernos de derecha sudamericanos. La obscena felicitación de Donald Trump al Ejército boliviano por «proteger la Constitución» dejó ver cómo EEUU está fuertemente involucrado en este ataque a la democracia. Con el correr de las horas se va aclarando el panorama y se entiende mejor el comportamiento propio de marionetas de los presidentes sudamericanos que se mueven y hablan siguiendo el libreto del titiritero de la Casa Blanca.
Frente a tantas muestras de genuflexión contrastó la intervención del presidente electo Alberto Fernández quien realizó activas gestiones para garantizar la integridad de Evo Morales, Alvaro García Linera y toda la comitiva de dirigentes que lo acompañaron, y se plantó con energía ante el presidente de EEUU al señalarle que su país «volvió a las peores épocas de respaldar golpes de Estado en América Latina»; también afirmó -para escándalo de los grandes medios porteños adictos a la washingtonmanía- que «la auditoría de la OEA está manipulada».
Mientras tanto en la propia Bolivia las imágenes televisivas de los jefes de la Policía Nacional y de las Fuerzas Armadas enarbolando discursos políticos y anunciando operativos de represión a los que protestan contra el golpe en las calles, nos hacía retroceder cuatro décadas en la historia latinoamericana. Estaban diciendo con descaro, ambos, que ahora sí iban a realizar la tarea que se negaron a cumplir cuando debieron defender a un gobierno constitucional de las hordas sediciosas que avanzaban sin freno sobre La Paz saqueando e incendiando las viviendas de funcionarios del gobierno para amedrentarlos y forzarlos a renunciar. Fue ante esa violencia fascista y la ausencia de protección institucional que Morales y García Linera resolvieron renunciar para salvar sus vidas y las de sus seguidores.
Estos hechos de una contundencia dramática no fueron suficientes para que el presidente argentino y su canciller los calificaran de golpe de Estado y condenaran en consecuencia. Queda claro que este ataque feroz al gobierno sudamericano que mejores logros económicos y sociales había logrado en los últimos lustros no tuvo otro objetivo que su derrocamiento. El gobierno de Evo Morales era un mal ejemplo frente a los pobrísimos resultados de las políticas neoliberales implantadas en el continente que solo derraman pobreza y desigualdad al por mayor. El objetivo de terminar con esa experiencia boliviana, que los deja tan mal parados, aunó el discurso de los dóciles presidentes sudamericanos de derecha con su celador del Norte.