Las mismas lluvias y una consecuencia tan distinta

Señor Director:
Como persona que carga muchos años, es natural que se me pregunte si alguna vez había llovido tanto como este año en Santa Rosa y otros lugares de La Pampa.
La gente tiene el hábito de comenzar a preguntarse por lo inmediato y luego, los menos van ampliando el espacio de su interés. He podido contestar, sin dar precisiones, que tengo vistas lluvias aún mayores y que, por lecturas incidentales, he sabido que muchas de las lagunas existieron siempre, algunas de ellas temporarias. Al decirlo así pienso en la etapa en que el indio, estimulado desde Chile, robaba haciendas en lo más rico de la pampa verde (que no es la que nos tocó en suerte al delinearse el territorio) y trazaba su recorrido hacia Chile conforme la presencia de agua para ese ganado.
Ahora leo la explicación que da un hombre de las letras y el periodismo, Mempo Giardinelli, quien no vacila en decir que lo que estamos viendo este año se configura como el mayor mal nacional contemporáneo. Ya había escrito sobre las inundaciones en la zona de Pergamino (Bs. Aires) y Concordia (Entre Ríos), ahora también de General Villegas y pueblos aledaños, Tucumán, decenas de ciudades cordobesas, santafesinas, santiagueñas, entrerrianas y pampeanas, a las que se agregan Chaco y Formosa, los aludes y deslices de ríos de Salta y Jujuy y finalmente también la Patagonia, con Comodoro Rivadavia como un caso significativo. Por todo bien puede hablarse de una tragedia nacional inédita.
Para Giardinelli la causa de todo esto está siendo ocultada con alusiones al cambio climático, cuando su nombre verdadero es soja. Recuerda que cada hectárea de bosque consumía lluvias de entre 1800 y 2200 por año/hectárea y que eso garantizaba la absorción de lluvias en proporciones entre ideales y adecuadas. Las pasturas consumían entre 800 y 1200 mm por año/hectárea. En cambio, la soja apenas consume entre 400 y 600 mm de agua por año/ha. Dado que en dos décadas diez millones de hectáreas pasan de la ganadería al monocultivo y dejan de absorber agua en esa proporción, las freáticas solo pueden subir. Estaban en la pampa húmeda entre diez y quince metros bajo la superficie, ahora están a un metro o menos. Y no es por el cambio climático sino por la voracidad sojera. En el mismo tiempo la soja se ha convertido en nuestra principal exportación y -dice- la más fabulosa fuente de ganancias de apenas un centenar de empresarios, banqueros y amigos del poder, y también fuente de corrupción de funcionarios de todos los niveles. Así ha llegado la mayor desgracia para millones de argentinos. Además, los campos reciben 100 millones de litros de veneno, hecho que “ya ha duplicado la media nacional de cáncer”. Pero los grandes medios de comunicación solamente lamentan la pérdida de un millón de hectáreas de soja.
Supongo que Mempo Giardinelli, que además de gran escritor es alguien que recorre habitualmente muchas zonas del país y se informa con expertos, está señalando si no la causa única la más importante y trágica que se haya vivido.
Me preguntaba en qué medida todo esto es aplicable a la particular situación de Santa Rosa y si toda la culpa cabe echarla sobre el fundador de la ciudad, de quien por cierto no creo que obrase con desinterés. Se abusa al hablar de la “pesada herencia”, pues a la vista del presente más que inquietante que afrontamos parece que cada generación hizo su aporte de egoísmo y ceguera.
Recuerdo el medanal que enmarcaba por el este a la Santa Rosa de mi infancia. Y los caldenales y chañarales de todo el contorno, absorbidos por la expansión urbana del último medio siglo. Recuerdo también la frenética destrucción de caldenales para proveer leña, incluso para el ferrocarril en la última gran guerra mundial. Y la creciente cuota anual de superficies boscosas que son consumidas por los fuegos naturales o provocados.
“Aquellos polvos trajeron estos lodos”, dice el refrán.
Atentamente:
Jotavé