Las palabras bien lejos de los hechos

El discurso presidencial ante el Congreso de la Nación fue una muestra clara de la estrategia macrista más conocida: distanciar, desconectar, las palabras de los hechos; y no solo a causa de las conocidas limitaciones oratorias del jefe de gobierno. La abundancia de autoelogios, el mayor énfasis en los proyectos a futuro antes que el balance de lo realizado y las chicanas a los adversarios políticos constituyeron el núcleo central de lo que se oyó ante la Asamblea Legislativa.
Afuera, el centro político de la Capital Federal amurallado con vallas y miles de uniformados fue el frío marco que acompañó al presidente. Ni fervor ni multitudes como hasta 2015, el cambio mostró uno de sus rostros más emblemáticos. Solo una manifestación de docentes pudo burlar el cerco policial para protestar en las afueras del Congreso, aunque no pudieron vencer el mucho más efectivo bloqueo mediático: un solo canal de TV cubrió la protesta mientras que en los otros pasó casi desapercibida.
Adentro se vio otro cambio drástico: el palco que habitualmente ocupaban Madres y Abuelas de Plaza de Mayo junto a otras organizaciones de derechos humanos durante los discursos de la anterior presidenta fue ocupado esta vez por el titular de la Sociedad Rural.
El presidente evitó meticulosamente cualquier referencia a la economía real del año que pasó y del cual -al menos protocolarmente- debía rendir cuentas ante los representantes del pueblo. “Enfrentamos la inflación y ahora está en descenso”, dijo a pesar de que ese índice alcanzó los niveles más altos del último cuarto de siglo y contribuyó a deprimir salarios y jubilaciones. También habló de “pobreza cero” y pidió ser evaluado por la evolución de ese parámetro que viene creciendo mientras se cumple un tercio del ciclo presidencial.
Luego invocó su voluntad de protagonizar una “revolución educativa”, aunque hoy arrecia un duro conflicto gremial porque el gobierno incumple la ley de paritaria docente nacional. Eso sí, a falta de respuestas económicas prometió aumentar las penas para quienes “agredan” a los maestros.
Horas antes de su presentación ante el Congreso algunos medios oficialistas habían anticipado que el presidente dedicaría buena parte de su discurso a hablar de la corrupción. Ello no ocurrió y solo algunos párrafos se escucharon sobre el tema. Seguramente habrá influido la imputación que, poco antes de la ceremonia, cayó sobre su cabeza por parte de un fiscal que quiere investigar el sospechoso otorgamiento de rutas por parte del gobierno a una compañía aérea muy cercana al grupo Macri. Quizás por eso el tema no pasó de algunas ardorosas arengas dirigidas con el evidente propósito de buscar el aplauso de su parcialidad y la confrontación con el kirchnerismo, un recurso que las huestes de Cambiemos creen que sigue rindiendo los mismos frutos que al comienzo de la gestión, hace más de un año.
La cuestión de Malvinas insumió solo una breve referencia en la cual el presidente no se privó de mencionar una de sus palabras preferidas: “diálogo”, sin otra definición concreta a pesar de las preocupantes informaciones conocidas en las últimas horas sobre el incremento del arsenal militar en las islas por parte de los británicos.
Una de las expresiones más sugestivas llegó sobre final: “basta que nos regalen el presente para negarnos el futuro”, dijo el presidente. Viniendo de un gobierno que decidió beneficiar de inmediato a los sectores más poderosos y relegar a un futuro incierto el “derrame” para los débiles, esa frase adquiere el tono de una confesión. Pasado -con más pena que gloria- el “segundo semestre”, como casi también el “primer trimestre de 2017”, el prometido bienestar macrista siempre se proyecta hacia un porvenir que nunca llega para los sectores populares. La gestión de la esperanza, le llaman.

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