Las razones tras el déficit cero

Por qué el gobierno se empecina en insistir en un déficit fiscal cero cuando muchos de los economistas de la ortodoxia más cercanos ya abandonaron esa fantasía y comienzan a hablar -siguiendo el tren de los heterodoxos- de la restricción externa, es decir, de la falta de dólares o del déficit de la balanza comercial, como principal problema de la economía del país.
A la hora de poner en la cima el mayor lastre de la economía, un debate se abrió entre los neoliberales cercanos al gobierno y los no ortodoxos. Fue la deriva de los acontecimientos la que saldó el debate en favor de los últimos. Y a tal punto que muchos de los primeros mudaron posiciones. Es que el déficit del comercio internacional -la diferencia entre los dólares que ingresan por las exportaciones y los que se van por las importaciones- fue en 2017 el peor de los últimos 23 años y se espera que empeore aún más en 2018.
Con el crédito internacional cortado y la huida al Fondo Monetario Internacional como último recurso, el gobierno -y su coro de economistas neoliberales- probaron la dura medicina de la realidad. Pero unos revisaron sus posiciones y el otro no. Una simple consulta por internet nos ilustra que una gran cantidad de países del mundo tiene déficit fiscal. Estados Unidos, España, Francia, Gran Bretaña, Italia por nombrar solo algunos y para mostrar que no son solo los países en desarrollo los que “caen” en este pecado de lesa ortodoxia sino hasta los que juegan en primera.
También la historia le juega en contra al gobierno en su insistencia. Los antecedentes, durante el menemismo y el delarruísmo, de intentos para alcanzar esta meta terminaron en fuertes crisis políticas y económicas.
Pero hay una razón ideológica detrás de esta jugada: priorizar el cumplimiento de los pagos externos por encima del crecimiento económico y el bienestar de los argentinos. El arreglo con el FMI descansa en esta premisa excluyente. En ninguno de los puntos acordados aparece una mención a la recuperación del impulso a la economía. Así las cosas, queda en evidencia que todos los “esfuerzos” estarán destinados a podar recursos en todas las áreas para destinarlos a “honrar los compromisos” con los acreedores de la gigantesca deuda que el propio macrismo engendró. La meta de déficit cero es la excusa perfecta para esa tarea.
Un estudio de la Universidad Metropolitana del Trabajo revela que a fin de año la deuda pública llegará al 82% del PBI. En diciembre de 2017 había sido del 57% en tanto en 2015 era de solo el 37%. La secuencia revela el desenfrenado endeudamiento que encaró Cambiemos y, de paso, muestra que la “pesada herencia” no fue tal pues ningún acreedor le presta a un país endeudado o con alto riesgo.
El desembolso de 15 mil millones de dólares del FMI se consumió -inútilmente- en frenar la corrida cambiaria de los últimos meses. El fracaso de semejante drenaje de divisas se ve todos los días con el aumento imparable del dólar.
Pero la deuda tiene un fuerte componente político, como lo enseñaba Aldo Ferrer. Un país endeudado pierde su soberanía económica y hoy los argentinos lo volvemos a ver. Y a tal extremo que el Ministerio de Hacienda parece haberse mudado a Washington.