Las rutas que (des)conectan

Los viajeros que se adentran en nuestro pago chico, y los pampeanos que recorren nuestras rutas, constatan a poco de andar que es esta una provincia donde las rutas, nacionales y provinciales, han sido diseñadas casi invariablemente, eludiendo las ciudades y pueblos. A diferencia de los viejos trazados de las vías férreas que unían pueblos a través de sus estaciones ubicadas casi siempre en medio de la mancha urbana, la política de construcción de rutas no siguió esa tradición y dejó a los pueblos a tres, cuatro, cinco y más kilómetros del asfalto. De esa condena se salvaron las ciudades grandes, Santa Rosa, cruzada por las rutas nacionales 5 y 35, General Pico, en una encrucijada de cuatro rutas provinciales, General Acha que recostó su crecimiento sobre la ruta 143 que pasa por uno de sus laterales y un par de localidades grandes como Macachín, atravesada por la ruta provincial 1 y a la vera de la 18. El resto de los pueblos sufrió con el cambio del paradigma ferroviario al carretero una doble condena: la tendencia natural a la concentración urbana y el despoblamiento de las localidades más pequeñas y la condena a perder el movimiento dinamizador de quedar lejos de las rutas troncales.
El caso más patético de esta política vial de aislar pueblos lo fue la ruta 10 que debía unir Winifreda con Migue Cané y en su trayecto comunicar a Mauricio Mayer y Colonia Barón pero que deja a todas esas localidades a kilómetros de su traza, tanto que los winifredenses para ir a Mayer continuaron usando la vieja ruta de tierra que les ahorra ¡25 kilómetros! Para salir del aislamiento los pueblos trazaron los conocidos “accesos” pavimentados con su consabido “arco de entrada” y, los más pujantes, lograron llegar a la ruta con una “dendrita” urbana que los terminó conectando con la carretera. Así fue el caso de Eduardo Castex o Intendente Alvear, pero la gran mayoría padecen aún hoy las consecuencias de esa política vial: Miguel Riglos, Bernasconi, San Martín, Jacinto Arauz, Doblas, Quemú Quemú, etc. fueron pueblos “invisibilizados” por la ruta que los marginó.
Hoy, le toca el turno a Santa Rosa. El gobierno nacional ha hecho trascender el proyecto de autovía que unirá Anguil y Santa Rosa y en su traza se puede ver que, en realidad, tiene la intención de conectar las rutas nacionales 5 y 35 esquivando a la capital pampeana en una decisión que despertó antes y ahora una ola de reclamos de los sectores comerciales directamente perjudicados.
Pero no debiera extrañarnos a los pampeanos que las rutas esquiven los pueblos. Es lo que venimos haciendo con una lógica que parece tener en cuenta más los corredores ganaderos y agrícolas para sacar la producción a los puertos -conectando la mayor cantidad de explotaciones agropecuarias con una ruta asfaltada que la una a los centros de colocación comercial de la producción primaria local- que conectar pueblos y favorecer el intercambio y el desarrollo comercial de las localidades al influjo del tránsito rutero.
Una solución alternativa, a medio camino entre esquivar pueblos o pasar las rutas por el medio hubiera sido la utilización de avenidas de circunvalación. Un concepto vial con rutas direccionadas hacia el centro de los pueblos -como hacían las viejas vías del ferrocarril- pero con un desvío poco antes de la zona urbana a una circunvalación que permite al viajero optar por doblar por la circunvalación y esquivar el pueblo o entrar en él sabiendo que, si sigue derecho, atraviesa toda la zona urbana y regresa a la ruta en la que venía.