Las rutas del olvido

Algunos hechos de la cotidianeidad parecen desafiar toda explicación lógica y, simultáneamente, desalientan en buena medida las esperanzas de los ciudadanos que aspiran a vivir en un país mejor. Un ejemplo que puede muy bien ilustrar este razonamiento es la ruta que une Macachín con Carhué, en la provincia de Buenos Aires, y sirve de importante conexión entre ambos estados limítrofes. Quienes la han transitado en los últimos veinte años se han encontrado siempre con la misma particularidad: la cinta asfáltica en territorio pampeano está en buen estado, lo mismo que la cartelería indicativa, pero basta trasponer el límite interprovincial para que comiencen los tramos de enormes y peligrosos baches y escasísimas y deficientes indicaciones camineras.
Días pasados un periodista de este diario volvió a recorrerla con la esperanza de que a algún ignoto funcionario se le hubiera ocurrido una reparación a fondo. Vana ilusión, el camino estaba igual -o peor- y da para al menos dos amargas reflexiones. La primera: si la rotura es constante eso indica que, lisa y llanamente, está mal construído y peor inspeccionado. La segunda y más amarga: al parecer, en ese “otro país” que es el oeste de la provincia de Buenos Aires, a lo largo de dos décadas a nadie parece habérsele ocurrido aportar una solución efectiva y de fondo para acabar con un problema que afecta directamente a una región de importancia productiva, y sobre todo cuando se habla de la necesidad de dinamizar los mercados internos. Frente a estos casos es inevitable que surja la eterna pregunta acerca del destino de los impuestos.