Le han cambiado el bosque a Caperucita

Señor Director:
Ignoro al escribir esta nota (el 4/9) el desenlace del caso de la desaparición de una niña de 12 años, en General Pico. Sucede que pensé, al saber del hecho en su momento inicial, en Caperucita Roja.
De la Caperucita de Perrault y la de los hermanos Grimm no sabemos la edad precisa, pero parece haber andado entre los 10 y pocos más años. Sabemos que vivía en una zona boscosa con lobo feroz incluido, lo mismo que su abuela, pero que, para llegar hasta ésta, le era preciso transitar el bosque profundo. Los Grimm agregan la figura del buen leñador, que edulcora fantásticamente el relato. Una bella canción dice que la niña fue enviada al bosque por leña seca para el hogar, que se hizo la noche y que no regresaba. El relato se ha repetido desde hace más de mil años. Lo han llorado millares de generaciones. Pocas se han detenido a analizarlo. La pequeña de Pico, vive (así sea) en esa ciudad, pero su madre hace pan y otras panificaciones caseras y ella sale a vender por el vecindario. Incluye una casa de abuela.
La conclusión más habitual consiste en homologar la ciudad actual al bosque medieval, que es al que remite la tradición europea.
¿Es, pues, la ciudad actual una selva con lobo o su equivalente?
Sospecho que no serán pocos los que digan (o lo piensen sin decírselo) que sí, que “volvimos a la selva”.
Propongo que se razone el detalle de “lobo o su equivalente”. He escuchado algunas versiones porno del cuento, en las que el equivalente del lobo es el seductor o el pedófilo o la organización de trata o las que venden niños para fines diversos. Aún las hay en las que el propio lobo es libidinoso y la palabra comer es reemplazada o cambia de significado. Me han desagradado tales versiones porque atesoro en mi memoria el temblor con que conocí a Caperucita en mi infancia. Y que he seguido leyendo con el pretexto de hacer esa lectura para hijos o nietos. Creo que no nos gusta que la infancia quede atrás y se torne difusa o se borre.
En una de las notas escritas para esta columna, hace algunas semanas, hablé de Fuchs, el polaco que aun vive en Buenos Aires, a donde llegó luego de ver destruida su familia en Polonia y haber pasado él mismo por dos de los más temidos campos de concentración montados por el nazismo para cumplir la consigna de “aniquilar” a los judíos y a otras minorías. Fuchs reivindica la Shoa (el Holocausto) y cree que es un paradigma del horror, pero se diferencia de muchos al pensar que no es un hecho único, excepcional e irrepetible.
Suelo decirme que el horror es el fondo del cuadro o la atmósfera de la historia. Con variantes, el Holocausto se ha repetido a todo lo largo de la aventura humana en el planeta. También se ha repetido el Gólgota. Todos los pueblos, en todas las épocas, han conocido el mandato de aniquilar. “Delenda est, Carthago”, repetían en Roma. Siempre hubo argumento para aniquilar, incluso a recién nacidos varones, como en Egipto y en Belén y más lugares de los que se han conocido. Aquí se aniquiló a aborígenes y se repitió la consigna en el siglo XX. ¿Acaso se ignora la cadena de guerras civiles y de invasiones que ha seguido siendo eslabonada hasta nuestros días? Sí, mucho de eso se ignora o no se quiere saber. Los africanos tendrían mucho para contar, no más con que hablasen de su presente. Y los iraquíes, los afganos, los libios, los sirios. Y los que están en prisiones y los que intentan migraciones en masa. Y los que se ilusionan con la oferta de lobos financieros. Caperucita sigue caminando: a veces su piel es blanca, otras veces es amarilla o negra.
Las Caperucitas de mi niñez también desaparecían. Historias de prostíbulo relatan algún ocaso. La leyenda ha sido metamorfoseada: modifican la dirección de la mirada y no sólo por piedad. Es cierto: también existe abnegación, generosidad, sacrificio en la historia. A veces un mismo protagonista tiene dos relatos que contar. Robert L. Stevenson ya lo imaginó: Jekyll y Hyde.
Atentamente:
JOTAVE