Ley pareja

El fuerte choque entre jueces y fiscales parece ir cediendo en favor de un principio de acuerdo en el seno de la Comisión de Reforma del Código Procesal Penal. Si finalmente se llega a lograr la “fumata blanca” y se estrechan las manos podrá decirse que la disputa no fue en vano y que tras el fragor del encontronazo un avance sustancial llegará a los tribunales pampeanos.
Es que la propuesta de establecer un diagrama temporal para toda la extensión de los procesos penales y tornar previsibles los plazos en los cuales se desenvolverán las causas resulta de una lógica irrefutable. Bajo qué circunstancia se puede defender que el desempeño del aparato judicial siga como hasta ahora, sin sentirse obligado a respetar ningún compromiso temporal como si su función no fuera de este mundo de hombres de carne y hueso sino del reino celestial. Si los fiscales, en la etapa investigativa de los juicios, pueden y deben adaptar su trabajo a un esquema de plazos establecidos, por qué los jueces no pueden hacer lo mismo en el capítulo que les toca protagonizar.
Si hay un clamor que desde siempre -y con sobradas razones- se escucha sobre la Justicia es aquél que se refiere, precisamente, a su falta de compromiso con los tiempos para dictaminar sus resoluciones. Los ciudadanos que por los más diversos motivos se han visto involucrados en la maquinaria tribunalicia han terminado por entender por qué Franz Kafka escribió su inmortal novela “El proceso” inspirado en laberíntico mundo de la burocracia judicial.
En nuestro pequeño medio se conocen demasiadas causas que se extendieron durante muchos años y llegaron tarde en el objetivo de impartir justicia, y otras que languidecieron hasta la prescripción de la acción penal y beneficiaron injustamente a los implicados. Por no hablar de aquellos jueces que, al jubilarse, dejaron en sus despachos verdaderas montañas de expedientes atrasados que complicaron sobremanera a sus sucesores.
Nunca como ahora podría decirse a jueces y fiscales: ley pareja no es rigurosa.

Datos falsos
La capacidad del macrismo para desplegar su potencial propagandístico ya está fuera de toda duda. Su eficacia descansa en el poder de los medios de comunicación más concentrados que multiplican al infinito el relato M y ocultan las voces disidentes. De ahí la facilidad con que se imponen ideas, conceptos o datos que, aunque no tengan veracidad, sí tienen una enorme difusión en las grandes audiencias. Expresiones falsas repetidas hasta el nivel de saturación terminan por convertirse en verdaderas en buena parte de las subjetividades atrapadas por las redes comunicacionales. Muchas ideas falaces tienen como blanco al gobierno anterior, al que se acusa de todos los males del país, llegando a negar sus logros indiscutibles y, desde luego, a exagerar hasta el infinito sus errores.
Una de las mentiras más usadas es el de la generación de empleo. No hay funcionario o dirigente de Cambiemos que no afirme que en los últimos cuatro o cinco años del kirchnerismo no se creó empleo. Es una falsedad que puede ser fácilmente descubierta mediante el uso adecuado de internet. Según datos oficiales de la AFIP y el SIPA (Sistema Integrado Previsional Argentino) las fuentes más confiables en la materia -en oposición al desprestigiado Indec- durante todos los años finales del kirchnerismo se registró creación de empleo, y mucho más privado que público. Entre noviembre de 2010 e igual mes de 2015 se crearon 591 mil empleos privados y 239 mil públicos: en total 830 mil nuevos puestos de trabajo.
El dato es relevante luego de escuchar a un diputado nacional radical defender la flexibilización laboral que impulsa Cambiemos apelando al falaz argumento de que en los últimos años del gobierno anterior no hubo creación de empleo.