Llamar a las cosas por su nombre ¿está bien?

Señor Director:
Es un tema que parece necesario abordar, visto que el dicho ha sido cuestionado y, con mayor frecuencia, es desoído sin fundamentar la decisión.
Los españoles suelen hacer un cuestionamiento explícito, pero también son transgresores mayores. Pasa con la voz “carajo”, que algunos autores hispanos enseñan a decir “barajo, pispajo, badajo, caracho, caracoles, carajete…”, dando por consabido que todo el mundo tiene claro qué es lo que se elude nombrar. Si bien hay quienes han dicho que el carajo fue una pequeña instalación en lo alto del mástil de los veleros, hasta donde debía subir un marinero para otear el horizonte, el diccionario académico avisa que es uno de los nombres del miembro viril, cosa que hace previa advertencia de que es “malsonante” y que denota “enfado, disgusto, sorpresa, asombro, etc.”, sin dejar de lado otros usos, entre ellos el de llamar “carajillo” al niño (varón).
Queda claro, según parece, que la tentación de no decir lo que está prohibido por el buen gusto o por las siempre mentadas “buenas costumbres”, ha traído como consecuencia que la palabra prohibida, sin dejar de ser usada en privado o en situaciones de enojo o de cualquier otra emoción, se disimule en nuevos vocablos que, al fin y al cabo, vienen a decir lo mismo. El miembro viril (significado que la Academia pone en primer lugar) y su equivalente femenino terminan siendo lo más mentado en el habla real, con variaciones que satisfacen el buen gusto pero que dan cuenta de lo que realmente cree el hablante o lo que quiere enrostrar a otro.
Un economista argentino, hablando ante un grupo de empresarios, dijo días atrás que si el gobierno no acentúa ya la política de restricción del gasto estatal, este país podrá irse “a la misma mierda”. Otra frase suya en la ocasión: “Alguien va a tener que poner el culo en la silla para lograr el equilibrio macroeconómico”. O sea que además de nombrar al excremento humano con la voz originaria se atrevió a mentar al innombrable ingenio anatómico por donde sale al exterior. Todo este desenfado para apremiar al gobierno a acentuar el ajuste ya. Nada de dejarlo para después de la elección de octubre.
Este tema de eludir ladinamente las palabras que el “buen gusto” desecha ha sido abordado particularmente por algunos humoristas, incluso en una reunión de académicos de la lengua. Lo que pasa no es culpa de las palabras; ellas son creaciones culturales, no naturales. Fueron creadas para nombrar lo que hay, lo que tiene realidad y presencia. La palabra representa a la cosa real en el lenguaje. Interfiere en su uso lo que llamamos cuestión moral (buen gusto, buenas costumbres) que ha querido desechar en literatura y en la conversación lo que califica de innombrable. Esta decisión no afecta a la cosa nombrada. Se funda en que al no ser mentada es como si careciese de existencia, como si perteneciese al universo de lo desconocido. La cosa real no aumenta ni decae en su realidad porque sea nombrada o no. Muchas personas todavía llaman a silencio a quien se ponga a hablar de la muerte en ciertos ambientes, pero nada quita ni pone al hecho de que morimos y también nacemos.
No estoy propiciando que usemos desde ahora las voces prohibidas o censuradas en nombre de la moralidad. Éste es, al cabo, un acto gratuito, tanto que la mayoría de las personas que lo omiten en el trato social público, lo descargan en el ámbito privado, hasta con exceso porque es una manera de dar cuenta de la importancia o autoridad que se presume tener y de la insignificancia ajena, sea que nos refiramos a un obstáculo, un perro o una persona. Lo aconsejable, en nombre de una moralidad en serio, es que se abandone esta duplicidad de comportamiento. Y que, en consecuencia, se llame a cada cosa por su nombre cuando sea necesario hacer referencia a ella. La cosa está más allá de las palabras y, salvo en el caso de los animales racionales, el ser nombrada o no es “cosa humana”.
Atentamente:
Jotavé