Lo local y lo global

El triunfo de Cambiemos en las elecciones legislativas aparece en sintonía con un avance de la derecha a escala global. En América Latina, Estados Unidos y Europa -con honrosas excepciones- son notorios estos vientos de “cambio” que están posibilitando la llegada al poder de espacios políticos que defienden el libre mercado, reducen el poder de intervención del Estado y enarbolan las recetas fondomonetaristas como única solución para todos los males. Los procesos eleccionarios parecen convalidar esta restauración conservadora a nivel planetario a la vez que estimulan peligrosamente la belicosidad de gobiernos mesiánicos como el de EE.UU. e Israel, que acaban de retirarse de la Unesco y no aceptan límites de la comunidad internacional a sus aspiraciones coloniales. En el caso de Washington sus aprestos bélicos se extienden hasta las regiones más alejadas de su propio territorio. En Alemania el gran caudal de votos que cosechó el partido nazi y su reingreso al parlamento, por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, apunta en la misma dirección.
En este escenario, lo que surge como una novedad es la forma que va adquiriendo la resistencia a esta prepotente ola neoconservadora. No son, como tiempo atrás, los partidos políticos tradicionales de la izquierda los que lideran la confrontación contra el modelo que impone el capitalismo especulativo sino grandes movimientos sociales con vasos comunicantes, ellos también, en todo el planeta. Ambientalistas, feministas y regionalistas -en un sentido amplio- constituyen grandes y muy variados colectivos que intentan poner freno al avance de un modelo político-económico que promueve un mundo contaminado, patriarcal y centralmente disciplinado que beneficia a una elite y excluye de la fiesta a las grandes mayorías. Algunos de los movimientos regionalistas están liderados por fuerzas reaccionarias, pero no todos. Los casos de Cataluña y el País Vasco en España muestran claramente esa diferencia.
Lo que cabe preguntarnos ahora, frente a este panorama mundial, es si el resultado de la elección en La Pampa no responde también a esa tendencia descripta que muestra focos de resistencia regionales ante el avance de las fuerzas políticas de la derecha. Refuerza esta idea el hecho de que aquí, en nuestra provincia, el enfrentamiento de los dos modelos políticos no se circunscribe únicamente al terreno electoral. Es muy evidente que los desencuentros entre las autoridades nacionales y provinciales no comenzaron con la campaña proselitista sino mucho antes y responden a dos formas diferentes de entender la política. La discriminación que viene padeciendo la provincia por parte del poder central gira alrededor de la economía: deudas que no se pagan, exigencia de reducir jubilaciones, ostensible disminución de la obra pública y otras medidas por el estilo han tensionado la relación entre ambas partes. La queja de los funcionarios provinciales con relación a las políticas laborales se inscribe también en esta puja al plantear que los intentos por crear empleo no estatal en el ámbito provincial están chocando de frente con la creciente desocupación que generan las politicas del gobierno nacional.
Pareciera entonces que La Pampa y algunas otras provincias que se atreven a confrontar con el gobierno nacional -en lugar de agachar la cabeza y obedecer dócilmente cediendo al poder domesticador del látigo económico- estuvieran encolumnadas en esa gran pelea que hoy se observa en todo el mundo y que coloca, frente a frente, a quienes promueven la economía de mercado sin límites ni salvavidas para los débiles y quienes defienden una distribución más equitativa de la riqueza mediante un Estado con mayor presencia regulatoria. El espacio global, el nacional y el local están cada día más interconectados aunque a veces, sumergidos en el torrente de los acontecimientos, no alcancemos a percibir los vínculos menos evidentes que existen entre ellos.