Lo que hay detrás del desaparecido forzoso

Señor Director:
El tema de un desaparecido forzoso ha sido abordado en mis columnas de una manera indirecta.
En Caldenia me basé en los Recuerdos de Julián Ripa, un maestro santarroseño que ejerció en Colonia Cushamen, Chubut, durante siete años. Lo hice con la intención de mostrar que luego de la Conquista del Desierto llegaron los maestros. El compromiso parecía ser el de ofrecer una oportunidad a los vencidos para aceptar su nueva situación y mostrar así que la civilización blanca no los desahucia sino que les genera oportunidades. Para este fin también se reparten lotes de tierra entre los jefes de familia.
Cuando Ripa llega al lugar han pasado varias décadas desde el fin de la conquista. Las chacras no han prosperado por una serie de causas: falta de aguas suficientes en superficie o en las napas, sequías, vientos inclementes, divisiones sucesorias que reducen el tamaño de la heredad y falta de práctica del aborigen en la producción agrícola y ganadera, más el efecto de su tipo de relación cultural con la madre tierra. Ripa produce una impronta emocional al relatar la apariencia de sus alumnos cuando se presentan en el primer día de clase. “Yo soy pobre”, dice Ripa, “pero esta miseria no la he conocido”. Y lo mismo pasa cuando relata su visita al rancho donde vive su alumna Clemencia, que hace días que no va a la escuela, siendo que es la que mostraba más interés por aprender. El relato del rancho, de la cocina sin lumbre en un paraje tan abierto a los fríos, los cueros sobre los que descansa Clemencia en la misma cocina… todo muestra que si existió una intención real de integrar al indígena, no se consideró ni el punto de partida ni la naturaleza de las tierras entregadas. Faltó un INTA que estudiase suelos, probase cultivos e instruyese al aborigen en las prácticas correspondientes. Y faltó más: las mejores tierras fueron entregadas a militares, ganaderos de la pampa húmeda y a los inversores extranjeros.
Cuando yo mismo llego a Esquel, hacia 1953, Ripa, ya abogado, mantiene su relación con los que fueron sus alumnos y con aborígenes que lo sentían un aliado o, al menos, alguien comprensivo. Y debe atender lo que nunca se hizo: la entrega de títulos definitivos de dominio sobre las tierras asignadas. Desde entonces hasta ahora ha pasado otro medio siglo largo. Los mapuches siguen teniendo tierras asignadas pero no los títulos. El poblador blanco las apetece cuando son valles, lagos y bosques cordilleranos. En la situación actual, cuando el aborigen se aferra a aspectos de su cultura tradicional, su presencia es una traba y una “molestia” para los grandes propietarios.
El escritor Mempo Giardinelli, que tiene una dura experiencia en la zona chaqueña, relaciona la desaparición de Santiago Maldonado con la decena de unidades de tierra de más de cuatrocientas mil hectáreas que hay en esa región chubutense, la mayoría de las cuales está en manos de extranjeros. Dice que “la cuestión de la tierra subyace en todo lo que nos pasa”, que la Conquista del Desierto fue “un negocio fenomenal”, como también lo fueron la guerra de la Triple Alianza (contra Paraguay) y hasta la entrada de 6 millones de extranjeros entre l870 y l930, que llegaron atraídos por la promesa de tener acceso a la tierra propia, pero que quedaron en Buenos Aires o derramaron hasta los suelos de nuestra pampa para encontrar trabajo y poder labrarse un porvenir. La tierra prometida ya tenía dueños.
Giardinelli habla de la destrucción del bosque nativo donde sobrevivían grupos aborígenes apegados a sus culturas, Sólo en la mitad de este año se talaron unas 45 mil hectáreas de bosques en Salta, Santiago, Formosa y Chaco, que son “la mitad de las áreas protegidas por la ley de Bosques 26.33l”. Recuerda que, según la FAO, la Argentina está entre los 16 países que más desmontaron entre l990 y 2015: casi ocho millones de hectáreas (un tercio de los “bosques protegidos”).
Atentamente:
Jotavé