Los femicidios siguen ocupando la cartelera

Señor Director:
No faltan en este país hechos trágicos y situaciones dramáticas de resonancia, pero se observa que los femicidios no ceden en número ni frecuencia y se producen en todo el territorio nacional y en el mundo.
Lo muy repetido hace que el interés público decaiga. Lo rutinario es aceptado con una suerte de resignación. “Es lo que hay”, suele decirse. En la medida que pasan a ser la rutina de todos los días, no atraen. Además, los femicidios son hechos interpelantes y son pocas las personas dispuestas a aceptar una interpelación que les reclama pensar una explicación que, si se ahonda, quizá les haga notar que el problema subyacente lo afecta o puede afectarlo a él y que algo está sucediendo en las entrañas de la sociedad de la que es parte.
Ese algo puede ser visto como expresión de una crisis de las relaciones de pareja. La tendencia decreciente de los matrimonios y el acrecentamiento de las uniones informales es un hecho que no se oculta, pues se informa regularmente sobre el número de matrimonios y se hace visible su disminución acentuada año a año. Hay quienes se preguntan si el fenómeno tendrá algo que ver con el otro cambio notorio, que se da en el número creciente de mujeres que asumen una actitud militante en reclamo de la igualdad de oportunidades sociales con el otro sexo. Esto ya ha provocado cambios en la legislación (que siempre va por detrás de lo que sucede en la sociedad). Las personas que pertenecen a algunas de las formas sexuales no definidas en la condición de varón o mujer, han estado siempre ahí, en el seno de una sociedad que optó por negarlas, esconderlas y hasta sancionarlas, incluso por acción espontánea de grupos de individuos que toman la ley en sus manos y agreden con saña, como sucede con los gay. Las mujeres que ejercen la prostitución, en cambio, raramente son agredidas, porque se da por entendido que llenan una función “necesaria”. Los prostíbulos comenzaron a ser prohibidos recién en el siglo pasado, siendo que las prostitutas han existido desde que nuestra especie se organizó en sociedades estables. Se dice que ejercen la “profesión más antigua del mundo”. Se ha ocultado sistemáticamente la explotación de que son víctimas la mayoría de esas mujeres, dando lugar a uno de los “negocios” más lucrativos, a la par del de las drogas y las armas.
No seguiré desarrollando el razonamiento anterior, porque, como se aprecia, lleva más lejos de lo previsto, dado que desnuda un aspecto de la condición humana que preferimos ocultarnos. Se ha dicho como humorada, que si se quiere ser feliz hay que evitar el análisis de la realidad. Incluso la propia realidad de cada individuo.
Hay quienes piensan que la humanidad está tocando fondo y que la crisis que vivimos es o puede ser terminal, porque con el enunciado y la exigencia de atenerse a los derechos humanos hemos llegado a la entraña del mal sobre la cual hemos tejido y emparchado una y otra vez la trama social. Este razonamiento nos devuelve al planteo inicial del bien y del mal. Los dioses en los que creemos o se ha creído si bien se mantuvieron incólumes ante el acoso satánico, no han erradicado el mal en lo que se presume su creación. Han tenido que intervenir una y otra vez ante situaciones extremas. El enemigo siempre ha estado ahí.
Hay, desde luego, otra manera de enfocar el problema. Los reaccionarios, amigos de imponer sus criterios sin escrúpulos, ahora presentados como la posverdad, atribuyen la culpa del estado actual a los derechos humanos. Por aquello de que “no hay peor cosa que avivar a la gilada”. Si cada ser humano nace con los mismos derechos básicos, si los asume (se empodera), cambia la relación. En cuyo caso, la propuesta que tenemos es barajar y dar de nuevo. Asumir la igualdad. ¿No es esto lo que está en juego?
Como se ve, a partir de la frecuencia de los femicidios, surge la posibilidad de que haya otra manera de entender este presente caótico.
Atentamente:
Jotavé