Los jueces y la ética

I. Un encuentro nacional y continental de jueces, del todo infrecuente en nuestra provincia, se llevó a cabo en los últimos días. El motivo de un acto de tanta relevancia fue la reunión de la Comisión Iberoamericana de la Etica Judicial integrada por magistrados argentinos, de España y de siete países latinoamericanos.
Sin dudas resulta muy oportuno el hecho de que los integrantes del Poder Judicial dediquen parte de su tiempo a debatir sobre la ética. En nuestro país y en muchos otros la imagen de la institución judicial se encuentra severamente dañada por muy diversas razones, algunas externas y otras propias del funcionamiento de los tribunales y sus integrantes.
La presencia del joven Sergio García en el magno recinto debió haber provocado escozor en algunos de los presentes. Y si ello ocurrió está muy bien. De lo contrario, si ningún juez -nos referimos a los locales- se sintió interpelado por esa silla de ruedas portando a una persona en la flor de su vida, es porque el ejercicio de la función acabó por aniquilar la sensibilidad que late en todo ser humano. Y esa es la última reacción que cabría aguardar en un encuentro para debatir sobre la ética en la magistratura.
Tampoco cuesta demasiado coincidir con la presidenta del Superior Tribunal pampeano quien recibió a sus colegas con una expresión de tono autocrítico al hablar de la “epidemia de desprestigio” que acosa a la Justicia producto de “la ausencia de la ética judicial o su deformación”.

II. Si bien hay incontables definiciones, puede decirse que la ética es la rama de la filosofía que aborda el estudio de las acciones de los hombres y sus consecuencias entre sus semejantes. Y como son, precisamente, los jueces los funcionarios gubernamentales que tienen como tarea específica investigar las conductas humanas para -nada menos- juzgarlas, está muy bien que se reúnan para debatir sobre la ética como herramienta básica -además del derecho, desde luego- en el arsenal de recursos de un magistrado.
Pero hay otro aspecto de no menor importancia. El juez también debe saber ponerse bajo su propia mirada, convertirse en objeto de su propia ciencia, para no defraudar, para estar a la altura de la responsabilidad que le impone su investidura. La sociedad mira al juez y necesita confiar en él, necesita sentirse confortada en la seguridad de que el juez es garantía de equilibrio, de independencia, de probidad; en suma, de una ética puesta al servicio de la democracia.

III. Por estas -y muchas otras- razones es positivo que los jueces deliberen y reflexionen sobre su metier. Porque hoy están en el centro de atención de una sociedad que los interpela, y con sobradas razones. En las sesiones de la CIEJ, por ejemplo, ¿habrán debatido sobre los privilegios impositivos de los que hoy gozan al haberse autoexcluido de pagar Ganancias, un tributo que deben afrontar quienes perciben salarios muy inferiores?
La condición de funcionarios vitalicios, un anacronismo heredado de tiempos pasados y que permanece hasta nuestros días, debería ser otra inquietud presente en un encuentro de este tipo. Esta rémora aparece como impropia en un sistema democrático que asumió la periodicidad de los mandatos como una regla universal. Solo el Poder Judicial permanece hoy blindado a estos cambios que caracterizan a las democracias de todo el mundo.
Hay otro privilegio que debería plantear un dilema a los jueces: nuestra Constitución exige que a los 75 años se retiren los integrantes de la Corte Suprema, sin embargo esa norma es violada sistemáticamente sin provocar escándalo. ¿No son demasiados los privilegios que usufructúan los miembros de la Justicia frente a sus pares de los otros dos poderes del Estado? ¿No deberían ponerse en cuestión en un debate sobre la ética en el desempeño de la magistratura?
Son solo algunas de las muchas preguntas que habilita un tema de tanta relevancia política e institucional.