Los trapitos al sol son signo de crisis

LA SEMANA POLÍTICA

La revolución de la alegría quedó en mueca. La pobreza cero en un cero a la izquierda. El dólar se empinó y el empleo cayó. Los globos pinchados por el piso. Y Carrió tirando mala onda en Cambiemos. Si eso no es crisis, ¿qué es?
EMILIO MARÍN
El gobierno de Mauricio Macri está cada vez más encerrado en sí mismo, con el agravante que que en esos encierros hay muchos puteríos internos, muy lejos de la buena onda que decían campeaba en los retiros dizque espirituales en Chapadmalal de los mejores tiempos.
Ese encierro tiene múltiples causas, todas negativas para la perspectiva política del PRO-Cambiemos. Tal como ocurrió con el acto oficial del Día de la Bandera, cuando en junio Macri se ausentó de Rosario, ahora sucedió algo similar con el desfile militar del 9 de julio. Fue levantado con explicaciones diversas. La más benigna fue que iba a costar 10 millones de pesos y hay que hacer ahorros, sobre todo luego de las imposiciones del FMI. La otra, no tan condescendiente, es que hay bronca en el frente castrense por el decreto donde se le fijó un aumento salarial anual del 8 por ciento para casi todas las categorías de las tres fuerzas y una suma fija para los altos cargos, que igual quedaban por debajo de Gendarmería y otras fuerzas de Inseguridad.
Que el gobierno neoliberal tenga relaciones ríspidas con los gremios de maestros y profesores universitarios, que anunciaron no empezarán las clases del segundo semestre, es perfectamente explicable. Eso tiene bastante lógica, vista la contumacia con que aquél defiende un programa de ajuste con uno de sus centros o blancos en la Educación.
En cambio suena un poco loco esa mala relación del macrismo con la fuerza armada que en última instancia es su defensa frente a los peligros del porvenir, en caso que hubiera estallidos sociales y una aguda desestabilización generada por sus propias políticas. Resulta que en el día del Ejército (perdón, del Cordobazo), el mandatario pidió a esas FF AA que se prepararan para intervenir en el combate contra las “nuevas amenazas globales”, un típico discurso pentagonista. Y menos de dos meses después está generando una grieta con los uniformados, provocándolos con el 8 por ciento por decreto.
Actuando de ese modo tan torpe Macri puede llevar a los militares a pensar que la “nueva amenaza global” radica en Balcarce 50 y sobre todo en el ministerio que todavía ocupa el ineficiente y provocador Oscar “Milico” Aguad. Se van a cumplir ocho meses de la desaparición del ARA San Juan con sus 44 tripulantes y el ministro no trata con respeto a los familiares de esos marinos que persisten en su acampe en Plaza de Mayo. Tampoco supo resolver una licitación ni contrato directo con una de las empresas que iban a ocuparse de buscar el submarino, licitación que ahora pasó para mediados de agosto.
Mientras tanto la desesperación de esos familiares sigue aumentando. ¿Cuándo Aguad seguirá los pasos de Aranguren y Cabrera? En cualquier momento uno de los familiares le pega un tortazo…

Lengua lili-viperina.

En medio de esas dificultades políticas, de proyecciones electorales hacia 2019, algunos aliados que estaban en el barco y lo abandonaron o bien fueron empujados al agua, empiezan a atreverse a decir lo suyo. Y el presidente no queda bien parado, ni siquiera cuando esos inhábiles declarantes tratan de preservarlo de la línea de fuego.
Por ejemplo, después de algunas semanas de su alejamiento de Energía y Minería, Juan José Aranguren se animó a explicar públicamente que él no había renunciado sino que lo habían sacado del ministerio. Como este es un gobierno moderno, lo echaron por Whatsapp y después, con el hecho consumado, el presidente lo recibió un ratito.
Como en ese ambiente domina la falsedad, ambos hablaron maravillas del otro, pero el hecho concreto es que al exCEO de Shell le pegaron una fuerte patada desde atrás, en las nalgas. Y sonrisas falsas al margen, ese tipo de ataques siempre deja secuelas de desconfianza, críticas y división interna en este gobierno de CEOs, por los CEOs y sobre todo, para los CEOs.
Eso de Aranguren no ganó tanto la tapa de los diarios y noticieros, quizás puede haber sido por el deseo de los medios de no hacer daño al gobierno que apoyan, pero también por el bajo perfil del personaje.
En cambio la irrupción de Elisa Carrió en esos medios fue imparable. Ella es una especie de Lukaku al revés, el morocho delantero de Bélgica que se lleva todo por delante hacia el arco contrario. El problema es que la rubia o teñida de la Coalición Cívica hace todo eso y mucho más, pero hacia el arco propio, del PRO-Cambiemos. En el fútbol sino también en la política, los goles en contra tienen el mismo valor que los goles hechos por el equipo contrario, y te pueden llevar a la eliminación como se ratificó en Rusia 2018.
Los líos armados por la matrona de la CC fueron de alto nivel. Ella fue primero un factor de perturbación en el operativo presidencial del debate del aborto, donde sin hablar metió cizaña contra haber habilitado esas sesiones. Luego dio lecciones de economía social, que no es su fuerte como la reprobó un mozo gastronómico, pontificando sobre la conveniencia de dejar propinas y dar changas como si esas aspirinas curaran el cáncer de la recesión. Finalmente armó nuevo bardo con la UCR, a cuya conducción tildó de misógina y se ufanó de manejarla desde afuera. La provocación tuvo duras respuestas de Ricardo Alfonsín, Gerardo Morales y Alfredo Cornejo.
Alguien podría opinar que al armar esos escándalos, Carrió ayuda al gobierno en un entretenimiento para tontos que la miran por TV. Algo de eso puede haber, pero lo fundamental es el saldo negativo que deja en la coalición oficialista exponer tantos trapos sucios que no se lavan. El mejor equipo de los últimos 50 años parece un conventillo. Peor, un cabarute. Y eso es signo de crisis, por más elogios que se reciban de madame Lagarde, la regente de otro cabarute del Primer Mundo.

Como los gatos.

Después de semejante trepada de las últimas semanas, el dólar se tomó una breve siesta, mientras los precios no se fueron de vacaciones de invierno y en junio habrán aumentado algo menos del 4 por ciento. Y cuando el otro se despierte, éstos volverán a subir, no obstante lo cual los cráneos del gobierno volvieron a dibujar una pauta inflacionaria del 17 por ciento para el presupuesto 2019, pese a sus pifias anteriores.
Eso es lo que está de fondo detrás de lo que miden todas las encuestas: la caída apreciable y sustancial de la imagen positiva de Macri. Y este drama no lo puede solucionar el mago Durán Barba, que primero debe arreglar algunos problemas propios de salud.
En esas condiciones favorables para una alternativa opositora, desembarcó Sergio Massa recién llegado de su patria más amada luego de la propia, Estados Unidos. Dicen que allá estuvo haciendo cursos y aprendiendo de actuación, como para que el coaching refuerce su talento natural para la impostación y el doble discurso.
Registrando el cambio de ambiente respecto a ese verano del 2016 cuando acompañó a su amigo Mauricio al Foro suizo de Davos, ahora el representante argentino de Rudolph Giuliani y sus empresas de seguridad derivadas del Manhattan Institute volvió con propuestas de sesgo opositoras.
En su retorno, presentó como nuevo su viejo gabinete económico integrado por la familia Lavagna, Aldo Pignanelli y Matías Tombolini. Acorde a los tiempos de carestía e inflación que corren, el massismo insistió en su propuesta de bajar el IVA a los productos de la canasta básica, hacer una ley de góndolas para evitar la cartelización del supermercadismo y otras medidas positivas.
¿Dónde está la trampa entonces? En vender gato por liebre. Esas propuestas inmediatas son positivas y morigerarían la inflación actual, pero no habría cambio de fondo en la estructura monopolista del capitalismo dependiente de la que el líder del Frente Renovador es parte fiel y convencida.
La última demostración la dio el bloque de Argentina Federal y el PJ del senador Miguel Pichetto, con las que Massa teje su proyecto presidencial 2019, al dar media sanción en el Senado al proyecto para que las telefónicas entren al negocio de la televisión satelital.
Entre los 46 votos a favor se contaron los de Cambiemos y el PJ massa-pichettista; hubo 11 en contra, entre ellos 8 del bloque kirchnerista, denunciando que los ganadores serán las grandes empresas como Cablevisión-Telecom (o sea el grupo Clarín) y Telefónica.
¿De qué sirve entonces que no se monopolicen en las góndolas las latas de tomates si se legalizan por otro lado semejantes negocios para esos pulpos de la economía y los medios?
En esa votación clave el bloque de CFK se deslindó muy bien, pero sigue el franeleo a nivel del Congreso y cúpula del Partido Justicialista, donde todos los sectores juran que “el candidato es la unidad”. Queda claro que Pichetto, los gobernadores y Massa no quieren esa unidad con la expresidenta ni que ella sea candidata ni un candidato suyo como Agustín Rossi.
El devaneo peronista continúa. Dentro de poco tiempo se verá si era una pelea furiosa de gatos o si estaban haciendo el amor, reproduciéndose, con alboroto, como aseguraba sonriente el ecléctico y oportunista fundador del movimiento.