Los de siempre

Los sectores más retrógrados de la sociedad argentina no han ahorrado críticas al acuerdo comercial que nuestro país acaba de firmar con China. A pesar de que ese tratado va a permitir que ingresen cuantiosas inversiones, que se beneficien grandes empresas constructoras locales y que se generen miles de puestos de trabajo.
Muchas de esas voces irritadas pertenecen a poderosos empresarios y a obedientes políticos de la oposición. Para ellos, la política exterior argentina tiene que alinearse incondicionalmente con Estados Unidos y sus aliados -a pesar de las asimetrías históricas y del desbalance que implica depender en demasía de esos “socios”- y no derivar hacia China, Rusia, India, es decir, los países nucleados en el Brics.
Esa obsesión ideológica los lleva incluso al disparate de desacreditar acuerdos comerciales que los benefician directamente porque ellos construirán algunas de las enormes presas hidroeléctricas que se financiarán con capitales chinos.
Ahora se acaba de conocer que La Pampa estará entre las provincias que contará con obras energéticas producto de aquel acuerdo. Se trata de una línea de alta tensión que ingresará a nuestra provincia por el norte y que, si bien no será de gran magnitud económica, sí tendrá un alto valor estratégico. Se sabe que el punto débil del sistema interconectado pampeano es, precisamente, el sector norte, pues desde el sur las estaciones de Puelches y Macachín cumplen con el abastecimiento energético con altos niveles de seguridad.
La subestación que se construirá en Charlone como parte de la gran línea de alta tensión que unirá Buenos Aires con Mendoza, posibilitará esta obra tan esperada por los pampeanos que se materializará, inesperadamente, con capitales provenientes del gigante asiático.
Es de aguardar que en nuestra provincia no se repliquen aquellas opiniones tan mezquinas y destempladas que apunten a denostar la importancia de este avance concreto para la seguridad energética provincial.

¿Coincidencia?
Una pintada con aerosol no debería llamar demasiado la atención. Esas expresiones anónimas se han naturalizado a tal punto de que muchos las aceptan como producto de la “libertad de expresión”. Sin embargo no es lo mismo que el soporte de esas pintadas sea el tapial de un baldío, un monumento, un edificio estatal o la fachada de la vivienda de un vecino. Es el respeto al espacio y al patrimonio de todos los habitantes el que también está en juego.
Pocas obras de arte públicas de esta ciudad contienen la carga simbólica que expresa el Monumento a la Memoria ubicado en el Parque Don Tomás. El profundo respeto que merece esa obra, que homenajea a las víctimas del terrorismo de Estado y que fuera diseñado y construido por artistas locales, está más allá de toda discusión. Por esa razón la pintada que buscó ultrajarlo, adquiere una carga ofensiva singular. Porque no se trató de un mensaje inocente, de esos que corrientemente se estampan en las paredes de la ciudad. La mano que lo pintó estaba guiada por un odio de profundas raíces ideológicas y buscaba (sin lograrlo, por supuesto) deshonrar no solo a los homenajeados por esa obra sino a los homenajeadores: la inmensa mayoría de la sociedad.
Son sectores minoritarios, como lo afirmó el secretario de Cultura municipal, y no merecen que se les brinde demasiada atención. Es cierto. Pero también lo es el hecho muy sugestivo de que aparecen, con tanta furia agraviante y en semejante lugar, a escasas horas de una gran marcha opositora que se organizó en todo el país y a la que se han sumado los grupos más retrógrados y conservadores de la sociedad. ¿Coincidencia o consecuencia? La pregunta puede molestar a algunos, pero no puede menos que ser formulada.