Los libros no muerden, pero tantos desconfían

Una encuesta Gallup revela que la mayoría de los argentinos no leyó ni un libro en los últimos doce meses.
La encuesta fue encargada por el diario La Nación. El 58 por ciento de los entrevistados (1006 mayores de 18 años) dijo que no leyó un solo libro en ese tiempo, en tanto que el 34 por ciento dijo no haber leído nada en los últimos seis meses. El 42 por ciento dijo que había leído por lo menos un libro en 12 meses.
De los 1006 entrevistados la mayoría no atinó a decir quién es el escritor más destacado de la Argentina. Hubo una mayoría (26%) que dio el nombre de Jorge Luis Borges. El 7 por ciento se inclinó por Hernández, Bioy Casares, Bucay y hasta García Márquez. El 6 por ciento nombró a Sabato y el 3 a Cortázar, mientras que el 55 por ciento no contestó o dijo que no sabía. Se observa que faltan nombres que están reconocidos como muy importantes (Sarmiento, Lugones… y los autores más recientes hasta los de nuestros días).

Los libros no muerden
Fue en el siglo pasado cuando un humorista lanzó la frase “garrá lo’ libro’, que no muerden”. De alguna manera esta expresión apareció como una contrapropuesta a otra algo anterior que decía “Alpargatas sí, libros no”. La encuesta que mencionamos revelaría que son muchos los que siguen desconfiando de los dientes del libro. También se infiere que si bien ya son pocos los que usan alpargatas, no por eso han aumentado los que leen libros.
Los encuestadores observaron que en una compulsa del mismo tipo realizada hace nueve años (1999) los resultados fueron muy semejantes. Dado que en esta década el impacto de Internet y del desarrollo de las comunicaciones ha sido muy fuerte, no haber retrocedido puede ser visto como un signo esperanzador.
Cada lector podría hacerse la pregunta de los encuestadores. Este comentarista se ha contestado que en los últimos doce meses leyó algo más de una treintena de libros, pero puede aducir en su beneficio que está cada vez más ocupado en la lectura atenta de diarios y de las revistas de los diarios, así como de los textos e hipertextos que ofrece la computación. No es aconsejable rehusarse al espacio virtual, a Internet y sus hipervínculos. En cuanto a la lectura de diarios y revistas resulta recomendable si se quiere estar al día acerca del acontecer, aparte de que, en el caso de algunas revistas, allí se halla la mejor información, la más actualizada, y se establece contacto regular con investigadores y autores de todo el mundo.
Es importante que no haya habido retroceso en casi diez años. Esto puede estar indicando que el libro, en su soporte de papel, tiene todavía larga vida por delante, aunque ahora comparte el universo de la información con poderosos competidores.

Andar de cama en cama
Otra pregunta por hacer es si otras cosas han variado tanto como el soporte del libro. Consideremos que lo primero fue la invención de la escritura, que no tiene fecha bien averiguada y se ubica entre los milenios IX y IV aC. La escritura consistió en imágenes, luego en ideogramas y por último en signos fonéticos. Lo que interesó a nuestros antepasados fue dejar constancia de ciertos sucesos y de algunos acuerdos (políticos, mercantiles, etc.), por cuyo motivo buscaron dónde poner esos signos, dado que la letra necesita un soporte, algo donde manifestarse. Se cree que el primer soporte fue la piedra, pero se discute si no lo fue la madera. Las voces biblos y liber aluden ambas a la parte interior del árbol. Los chinos usaron tablas y se han hallado tablas en la isla de Pascua. Luego aparecen las tablillas de arcilla en la Mesopotamia (III milenio aC) y para entonces ya se habla del cálamo (el instrumento para grabar o escribir: de ahí vendría calamo currente, al correr de la pluma) y del escriba. El escriba es mesopotámico y egipcio. Ejerce el difícil oficio de transformar las voces en signos y de estampar estos signos (convertibles, luego, de nuevo en voces) en un soporte. También ha sido soporte la seda (en China), el hueso, el bronce, la cerámica, las escamas de pescado, las hojas secas de palma (India) y los tatuajes en el cuerpo humano.
Uno se queda boquiabierto al conocer esta historia de la escritura y del libro. Descubre que el hombre debe haber advertido, en algún momento, que su memoria (el primer libro, el primer conservador de la experiencia) debía recibir ayuda. También descubre que lo que importa es eso: conservar la experiencia y ponerla a disposición de todos, para no vivir un eterno comienzo.
JOTAVE