Los prejuicios de un orden de clases

I – La justicia mostró en la semana una de las caras que más se empeña en ocultar. Esa que suele expresar en sus fallos encubierta por razonamientos de derecho y jurisprudenciales donde pretende ser la que da “a cada uno lo suyo” pero que la desnuda como el brazo ejecutor de un orden de clases donde su papel es el de reforzar la dominación burguesa. Los prejuicios de clase así enmascarados en una presunta ciencia jurídica ocultan en realidad que la justicia como tal no es una institución donde todas las clases sociales encuentran la armonía necesaria para vivir en sociedad. Todo lo contrario. La justicia tiene el papel de garantizar una forma de apropiación de la riqueza que la sociedad produce para que vaya a manos de la clase dominante. En ese esquema legal y jurídico, un abogado puede apropiarse legalmente de millones con solo estampar una firma, un especulador puede ganar legalmente millones con solo comprar y vender, y un funcionario puede adjudicarse millones de dólares en diferimientos impositivos sin que, pese al perjuicio social que esas conductas predadoras tienen sobre la distribución de la riqueza, ningún juez considere que son conductas antisociales.

II – Así, las declaraciones de una altísima funcionaria judicial pampeana sobre la “terrible” inseguridad, agitando el fantasma de los menores en conflicto con la ley, dando por ciertos los mitos urbanos sobre la presencia de villeros en casas del IPAV como factores de inseguridad, calificando al Ipesa como un lugar inútil y a los adolescentes que allí ingresan poco menos que como irrecuperables, desnudó en la semana la carga de prejuicios que capea en los más altos niveles de decisión judicial y la nula presencia de un análisis científico, abarcador, comprensivo de la realidad compleja de una sociedad como la que nos toca.

III – La sociedad se formula muchas preguntas cuando escucha a la máxima autoridad judicial hablar con el lenguaje y el razonamiento de un comentarista anónimo de un sitio web de noticias donde esta forma maniquea de tratar el problema de los delitos es común. Tal vez la que más interesa analizar aquí es ¿Cómo llega una abogada que así piensa al Superior Tribunal de Justicia? Y la respuesta no puede eludir en su explicación la secular complicidad que el cuerpo político tiene en la llegada a los tribunales de una clase de profesionales no calificados para esa delicada función que una vez encumbrados no abandonan ya sus privilegiados sillones hasta la jubilación.

IV – Pocos meses atrás una reforma judicial propuesta por el gobierno nacional fue resistida por los beneficiarios interesados del status quo tribunalicio como si se tratara de un asalto a un bastión de moralidad impoluta. El país, las provincias también, perdieron la posibilidad de debatir sobre la necesidad de producir un cambio necesario en la forma de elegir los jueces y funcionarios judiciales para cortar de una vez esa alianza que desde la formación del Estado hace un siglo y medio, y aun antes, tienen las clases dominantes y los impartidores de justicia.

V – Por suerte, o para consuelo de los santarroseños, hubo en el concejo deliberante una iniciativa que demostró que hay quienes son capaces de superar esa mirada burguesa sobre la sociedad y planteó una medida que apunta a atenuar la especulación de la tierra que, a vista y paciencia de quienes se dicen representantes del pueblo y los custodios de sus derechos, impide el acceso a la vivienda de cientos de vecinos que hoy tienen acceso a créditos hipotecarios pero no pueden comprar un terreno. La pasividad que han demostrado los gobernantes sobre este tema contrasta con un mandato constitucional que en La Pampa dice claramente que la propiedad cumple una función social y que el mayor valor del suelo que no sea producto de las mejoras que le introduzca su propietario, son un valor social y no privado. Ese artículo no obstante su claridad es letra muerta y permite, pese a que la Constitución lo prohibe, que la especulación inmobiliaria sea uno de los negocios más rentables para sus cultores y más perniciosos en términos sociales. Santa Rosa tuvo, hace ochenta años una lucha ejemplar contra la especulación de la tierra que llevaban a cabo nada menos que los herederos de su fundador. Pero las huellas de la especulación siguen visibles en la mancha urbana con una ciudad que se extiende dejando zonas de baldíos donde la especulación con cobertura municipal pone sus huevos. (LVS)