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Luces y sombras de la Iglesia latina

PUNTO DE VISTA

Nelson Nicoletti*
El 11 de septiembre se cumplirán 45 años de la inmolación del presidente chileno Salvador Allende, el primer marxista del mundo en acceder a la presidencia por elecciones democráticas y desarrollar una gestión de gobierno impulsando lo que se denominó «la vía chilena al socialismo».
El cruento derrocamiento de Allende aquel día de 1973, dejó una huella profunda en la historia de la Iglesia católica de Latinoamérica cuando el Arzobispo de Santiago, monseñor Silva Henríquez, lideró el mayor refugio para los perseguidos del régimen dictatorial de Pinochet. La Vicaría no sólo defendió a los torturados, cesantes, perseguidos y presos políticos sino que ayudó también a buscar a los desaparecidos, denunció la represión, cobijó a quienes huían y ofrecía asistencia legal. Para los cristianos del continente la acción del Arzobispado chileno causaba admiración y esperanza. Aquel compromiso político de la Iglesia oficial con el pueblo doliente impactaba en toda América.
También aquí, quienes militaban ese «cristianismo por la liberación» recibían gratificados la actitud de la Vicaría chilena. (Sin embargo… vale contar que la jerarquía católica local que imponía su visión derechista y reaccionaria, no se privó aquella trágica noche de septiembre, en la parroquia catedral de Santa Rosa, de celebrar la caída de Allende y el golpe de Pinochet. como observó el cronista cruzando la plaza San Martín).
Allende, que había accedido, con el apoyo de Unidad Popular, en su cuarto intento a la Presidencia de Chile debió escuchar en el Tedeum de asunción al Arzobispo Silva Enríquez recriminaciones por «la cuestión marxista». Sin embargo ese mismo cura, conmocionado por el martirio de Allende y haciendo carne el sentimiento de su pueblo, se puso al frente de la defensa de las víctimas de la dictadura y enfrentó con coraje al poder militar. Aquellos fueron los obispos del presidente socialista. (Nosotros aquí -en el golpe del ’76- sufríamos las complicidades de las jerarquías episcopales como el obispo Arana, de tristísima memoria, adscripto honorario a la subzona 14).
Dieciséis años de régimen pinochetista y ciertas improntas liberales de los gobiernos chilenos que se sucedieron, produjeron (¿coincidencia?) la proliferación de curas y obispos pedófilos que hoy avergüenzan a los católicos de la región y al Vaticano mismo. Por esas cosas de la vida, un argentino (latinoamericano) sentado en Roma recibió la renuncia de los 34 obispos chilenos y tal vez pese a su propio deseo, puso en marcha un criterio novedoso e impensado: someter a la Justicia ordinaria terrenal los delitos de sus funcionarios.
Luces y sombras en flagrante contradicción, que dispara iniciativas como la «apostasía colectiva», propuestas de «laicismos renovados», «no más sueldos a los curas» y «que paguen impuestos como todo el mundo». Todos recriminaciones merecidamente ganadas.

(*) Parlamentario del Parlasur