Luces y sombras de la humanidad

En estos primeros años del siglo XXI, la humanidad parece estar demostrando en forma simultánea tanto su faceta más brillante como sus inclinaciones más oscuras. Por un lado los avances científicos, técnicos e intelectuales nunca fueron tan extraordinarios como los que hoy se están alcanzando. Pero simultáneamente las más viejas y brutales perversiones de la especie siguen mostrando una vigencia inusitada. Si con inocultable intencionalidad política, unas décadas atrás, cuando la caída del bloque socialista, llegó a hablarse de “el fin de la historia” pensando en la presunta desaparición de los grandes conflictos económicos y sociales, actualmente puede pensarse aquella postura, también, como una ingenuidad.
La primera de esas evidencias llega desde medio oriente, encrucijada de culturas y región en guerra desde hace miles de años. A causa de la geopolítica de las potencias y, a la vez, producto de una interpretación religiosa, ha brotado allí una vertiente del Islam que niega toda interpretación espiritual que no sea la propia y ofrece la muerte como alternativa a quien no la acepta. Sus seguidores se han hecho fuertes en un enorme territorio y tienen pretensiones de conformar un Estado. Pero también es cierto que, en buena medida, ese dogma es la respuesta a un siglo de invasiones y conquistas de los países occidentales que ejercieron sobre la región una férrea ocupación colonial, especialmente desde que se conoció su riqueza en petróleo.
Evidentemente “aquellos polvos trajeron estos lodos” y las últimas acciones del Estado Islámico han sido conmocionantes como la destrucción de las ruinas de la ciudad de Palmira, en Siria, y dentro de ellas del templo de Baal, ambas construcciones históricas admiradas por su altísimo valor cultural y estético, y declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. La tradición atribuye al califa Omar, yerno de Mahoma, la quema de la Biblioteca de Alejandría, considerada el mayor repositorio de sabiduría de la antigüedad. Estas, y otras, destrucciones avaladas por el Estado Islámico tienen la misma dimensión.
Al doloroso retroceso que implican estos actos de barbarie deben agregarse las migraciones masivas de centenares de miles de personas que se lanzan a atravesar el mar Mediterráneo en busca de refugio en Europa. El fenómeno está alcanzando proporciones catastróficas ya que involucra a centenares de miles de personas, muchas de las cuales han perecido ahogadas. Son hombres, mujeres y niños que escapan de la guerra, las hambrunas, la persecución política y buscan un destino para aliviar sus pesares.
Este masivo éxodo provoca en los países del sur europeo muy serios problemas. Han renacido las manifestaciones xenófobas de violencia inusitada y redes mafiosas de traficantes de personas que sacan rédito de la desesperación de tanta gente. El reciente hallazgo de un camión en Austria con 70 migrantes muertos en su interior confirma esa ominosa realidad.
Lo paradójico y terrible es que esta catástrofe ocurre en Europa, que siempre se jactó de ser la cuna de la civilización y que ahora empieza a sufrir en carne propia las consecuencias de sus políticas de conquista en otros territorios.