Lula ganaría en octubre y por eso quieren proscribirlo

EL CANDIDATO DEL PT FUE INSCRIPTO PARA LAS PRESIDENCIALES

Luiz Inacio Lula da Silva está preso desde abril pasado, pero su Partido de Trabajadores igual lo inscribió como candidato. Puede ganar, por eso quieren proscribirlo.
SERGIO ORTIZ
Desde el 7 de abril el expresidente Lula está preso en la Policía Federal en Curitiba, acusado sin pruebas de haber recibido de la constructora OAS un departamento triple en el balneario de Guarujá, como recompensa por contratos ganados por esa empresa en obras de Petrobras.
Lula nunca estuvo allí, ni una tarde tomándose una caipirinha; no está a su nombre ni hay ningún papel que indique que es de su propiedad. Nada. Sólo la “convicción” del juez Sergio Moro, una suerte de Claudio Bonadío, que terminó condenándolo sin pruebas a 9 años y seis meses de prisión. Apelada que fue la sentencia, el Tribunal Regional Federal 4 de Porto Alegre, elevó la pena a 10 años y un mes para quien ocupó dos veces el Palacio del Planalto.
Puesto ante la disyuntiva de asilarse en alguna embajada amiga o ir preso, Lula se entregó a la Policía en San Bernardo do Campo, San Pablo, tras resistir varios días en el sindicato metalúrgico donde inició su carrera gremial y luego devino en político.
Pese a la persecución judicial y mediática, sobre todo a cargo del monopolio O’Globo, un Clarín aún más pulpo, la imagen positiva de Lula siguió bien arriba. En las condiciones del golpe de Estado consumado en mayo de 2016 contra Dilma Rousseff por parte del vicepresidente Michel Temer, con el aumento consiguiente de la pobreza y los ajustes, las capas de brasileños humildes dieron más aval a la causa de “Lula livre”.
Para las presidenciales del 7 de octubre, con un padrón de 147 millones de votantes, según Datafolha, Paraná Pesquisas y Vox Populi, el líder del PT tiene entre el 30 y el 40 por ciento de votantes, duplicando el caudal de quien lo sigue, el capitán retirado Jair Bolsonaro, ultraderechista.
Atento a esos números, la convención del PT proclamó a Lula como candidato a presidente y a Fernando Haddad, exalcalde de San Pablo, como compañero de fórmula. Ellos fueron inscriptos el 15 de agosto en Brasilia ante el Tribunal Supremo Electoral (TSE), para competir con otras doce fórmulas. Lula va por la alianza del PT, el Partido Comunista do Brasil, el Partido Comunista Causa Operaria y el Pros. Y tiene el acuerdo de que, si es finalmente proscripto, el candidato a presidente será Haddad y la vice será Manuela D’Avila, una joven dirigente del PcdoB.
La diferente apoyatura social de los partidos se vio ese día 15. Para los otros se trató de un trámite burocrático, pero el PT y aliados culminaron una “Marcha nacional Lula livre” que llegó a la capital en tres columnas con miles de personas y acampó en cercanías del estadio Mané Garrincha, donde ayunaban siete activistas desde dos semanas atrás. Desde allí marcharon hasta el TSE, donde hablaron Rousseff y la titular partidaria, la senadora Gleisi Hoffmann, antes de presentar la papelería.

Plan A y plan B son plan L.
Que se haya presentado la candidatura no significa que la justicia electoral vaya a aprobarla, porque hay muchos obstáculos políticos, empresarios, judiciales y mediáticos.
El gobierno tiene una altísima impopularidad, fruto del ajuste realizado y las numerosas causas de corrupción que golpean al mismo presidente, ministros y legisladores. Está sumamente preocupado por las elecciones pues su candidato del oficialista PMDB, Henrique Meirelles, ministro de Hacienda y extitular mundial del First-Boston, tiene 2 por ciento de intención de voto. El 1 de enero próximo se le vence la impunidad a Temer y las causas por corrupción en su contra podrán avanzar.
De allí que todo el campo de la derecha, el centro y la ultraderecha hace fuerza para que Lula sea proscripto y siga en la cárcel, para que el futuro gobierno salga de acuerdos de este bloque de clases dominantes de fina sintonía con el FMI y el Pentágono, como lo mostraron las recientes giras por Brasil del vicepresidente Mike Pence y el jefe del Pentágono, el general James Mattis.
Ese odio a Lula se nota en los medios hegemónicos. Para muestra, el botón corresponsal de “La Nación”, Alberto Arméndariz. El 15 de agosto, escribió: “el desafío del PT a la Justicia Electoral viene acompañado de una provocación. En una muestra de presión, miles de militantes desembarcaron en las últimas horas en Brasilia para acudir al registro de la candidatura del encarcelado”. Y dos días más tarde, añadió: “el PT recurre a todo tipo de artimañas para demorar una decisión y asegurarse así que pueda usar la imagen del encarcelado expresidente en la campaña”.
La justicia hasta ahora jugó en contra de Lula, condenándolo sin pruebas. Le negó recursos presentados por su defensa, válidos hasta que su sentencia sea confirmado por el Tribunal Supremo de Justicia. Ya la Procuraduría General pidió que su candidatura no sea habilitada. Aunque el plazo para hacerlo vence el 15 de septiembre, lo más posible es que al preso político no lo dejen competir y la fórmula final sea Haddad-D’Avila. El evangelista-militar-fascista Bolsonaro presentó también un pedido al TSE para que se inhabilite a Lula; cree que sacándolo de competencia crecen sus chances.
De hecho ya le han impedido participar de los dos primeros debates en la TV de los candidatos, otra forma de acallar su voz. Como advirtió el expresidente en su carta de junio a los brasileños, el gobierno actual “está destruyendo programas como el Bolsa Familia, Mi Casa Mi Vida, el Pronaf, Luz para Todos, Prouni y Fies, entre tantas acciones dirigidas a la justicia social”. El quiere volver al Planalto para profundizar esos programas.
Sea Lula el presidenciable, plan A, o bien Haddad, plan B, los dos son parte del plan L, plan Lula.