Macri: ¿fracaso de la política económica?

UNA PREGUNTA QUE INDUCE A LA CONFUSION

Lo que está en juego es el poder y la capacidad de disciplinar a la sociedad, por eso no hay error ni
fracaso, solo reestructuración del capitalismo local.
JULIO C. GAMBINA – En variadas ocasiones escucho decir que el gobierno fracasó en su política económica, o que cometió muchos errores. Confieso que la formulación me hace ruido, más allá de las idas y vueltas con la implementación de medidas y cambios de funcionarios para llevar adelante los objetivos explícitos e implícitos.
Pobreza cero se anunció, pero no era creíble y los datos afianzan el empobrecimiento, con lo cual, allí no hay fracaso ni error, sino resultado lógico de una política de concentración del ingreso y la riqueza.
Se sostuvo la reducción o eliminación del Impuesto a las Ganancias para los trabajadores y la base tributaria viene creciendo y no por mejora de ingresos sino por el impacto de la inflación. No es un error o un fracaso sino la lógica de una orientación regresiva de la política de ingresos.
Con las retenciones el tema es claro: su reinstalación es transitoria y solo ante la necesidad de cumplir el ajuste acordado con el FMI.

¿Hay fracaso?
La mención al fracaso remite a la situación de creciente inflación acompañada de un ciclo recesivo que, combinados, agravan los indicadores económicos y sociales. El tema se agiganta con la reproducción de mensajes preelectorales relativos a lo sencillo que sería bajar la inflación. Es el diagnóstico errado de la crítica por derecha al gobierno.
Más que errores de la política oficial el fenómeno inflacionario remite a problemas inconclusos y arrastrados durante años en la disputa por la hegemonía económica en el capitalismo local. Con Macri se recrea otro capítulo para avanzar en el intento de reestructurar regresivamente la dominación capitalista en la Argentina, en un recorrido que incluye a la dictadura genocida y a la década del ’90.
Más que fracaso, lo que existe es un nuevo intento por consolidar una fracción hegemónica de la burguesía y mientras eso no ocurra no hay posibilidad de frenar la disputa, vía aumento de precios, por la apropiación de la renta nacional en la cúpula del empresariado. El camino en curso acrecienta el proceso de dependencia y extranjerización de la economía local, aun a costa de sectores asociados ideológica y políticamente a Cambiemos.
La apuesta es con Trump, las petroleras, el sistema financiero, la especulación, el gran “campo”, la actividad extractiva y las privatizadas, mucho más que con tradicionales sectores concentrados de la burguesía local. Todo ello supone confrontaciones por arriba para redefinir el sector hegemónico de la economía local, tal como ocurría en 2001 entre quienes demandaban la dolarización y los que pregonaban la salida devaluatoria. Estos últimos fueron los ganadores, con la devaluación operada por Duhalde en enero del 2002.

La puja por el poder.
Con la cesación de pagos y la devaluación se habilitó la posibilidad de recuperar el nivel de actividad económica luego de una larga recesión entre 1998 y 2002, al tiempo que se restringió la apropiación de riqueza de algunos grupos beneficiados en tiempos de convertibilidad, especialmente privatizadas de servicios públicos. No solo se retomó la senda del crecimiento y la posibilidad de la puja distributiva, sino que se optó por el privilegio a una fracción de la burguesía. La puja por el poder no quedó resuelta y por eso la disputa por la renta se manifiesta como inflación, es decir, guerra de precios para dirimir quienes monopolizan la mayor parte del excedente y se constituyen en la hegemonía de la cúpula empresarial en el país.
Más allá de quien resulte ganador, la batalla por el poder incluye sustancialmente una disputa de todos ellos contra el conjunto de los sectores social y económicamente subordinados, especialmente los trabajadores y trabajadoras, en actividad o jubilados. Se trata de una pelea cuyos antecedentes remiten al abandono del modelo productivo de industrialización por sustitución de importaciones a mediados de los 70.
Desde entonces, la especulación, la banca, los acreedores externos, junto a empresas privatizadas en manos de capital externo y sectores exportadores pujan por la dolarización. Lo hacen contra otros asentados en la producción industrial, orientados al mercado interno, quienes demandan devaluación para lograr mayor competitividad y proteccionismo para hacer funcionar al capitalismo local. En contadas ocasiones se satisfacen ambas necesidades, por lo que la normalización supone un nivel de acuerdo que estabiliza la macroeconomía y favorece momentos virtuosos de crecimiento económico, incluso relativa distribución del ingreso, lo que abona consensos políticos.

Ganadores y perdedores.
Hoy queda claro el beneficio para especuladores, acreedores externos, la banca, empresas privatizadas extranjerizadas de servicios públicos, petroleras, el gran “campo” y los grandes exportadores. Todos son tributarios de la corrida cambiaria y un tipo de cambio en torno a los 40 pesos por dólar. Son, al mismo tiempo, receptores y beneficiarios de las principales medidas económicas de la gestión Macri.
No se trata solo de la construcción de un bloque de dominación capitalista, sino de generar mutaciones en las relaciones capitalistas, especialmente en cuanto a la reducción del costo laboral, base material de nuevas relaciones entre el capital y el trabajo. De ahí la importancia en el debate por el “futuro del trabajo” que incluye el gobierno Macri en los debates del G20. Por eso, aun cuando no pudieron modificar la legislación laboral, lo hicieron de hecho con la devaluación. La corrida cambiaria convalida la reducción del salario en dólares para favorecer el ingreso de inversores externos con costo laboral disminuido.
Encima, la situación mundial con alza de la tasa de interés en EE.UU. y la disputa de hegemonía capitalista global, guerra comercial mediante, agrega incertidumbre a países como la Argentina, que no constituyen objetivo privilegiado de los inversores internacionales, mucho menos si se incorpora la tradición local de organización y lucha de los movimientos sindicales y populares.
Lo que se disputa es el poder y la capacidad de disciplinar a la sociedad, por eso no hay error ni fracaso, solo iniciativa política para reestructurar regresivamente el capitalismo local. (Extractado de Rebelión).