Macri en la Rosada

Por primera vez en más de un siglo en Argentina, el voto popular ungió a un presidente que no pertenece al peronismo ni al radicalismo. Quizás ésta sea la conclusión más importante del ballottage de este domingo que permitió a Mauricio Macri llegar a la Casa Rosada. La ventaja inicial a su competidor, Daniel Scioli, alcanzó a estirarse a diez puntos en los primeros momentos del escrutinio pero luego el candidato del Frente para la Victoria logró descontar la diferencia a menos de tres. Otra vez las encuestadoras erraron en sus sondeos al pronosticar diferencias superiores al doble del registrado. Algunas, incluso, lo ampliaron a doce puntos.
Esta vez no hubo denuncias de fraude y los ganadores resaltaron la limpieza del proceso electoral, confirmando que es el resultado el que determina -para la ex oposición y los grandes medios- el nivel de transparencia.
El macrismo se impuso en ocho provincias, todas ellas de la región central y con una fuerte presencia del sector agropecuario, enemigo declarado del kirchnerismo. En las quince restantes, del norte y el sur del país, triunfó Daniel Scioli, aunque en la estratégica Buenos Aires apenas pudo sacar dos puntos de ventaja, una diferencia muy exigua que no alcanzó para neutralizar el avance macrista.
Las causas que determinan una elección son múltiples y complejas, sin embargo en este caso no sería errar demasiado señalar la importancia que tuvieron tres de ellas a la hora de inclinar el fiel de la balanza por tan estrecho margen en favor de Macri. El enojo por el pago del Impuesto a las Ganancias de los que están en la cumbre de la pirámide salarial (el diez por ciento más alto de los sueldos) fue una motivación muy fuerte a la hora de emitir el voto. No parece una exageración decir que en esos 2,8 puntos de diferencia hay un caudal determinante de esta minoría que ha sabido amplificar su reclamo.
Otro factor relevante fue el rol de los medios de comunicación mas poderosos del país que se enrolaron decididamente en favor del PRO y no ahorraron metralla contra el kirchnerismo. Un ejemplo -entre tantos otros- basta para ilustrarlo: la escandalosa y desmesurada denuncia mediática contra el Jefe de Gabinete a quien lo “culparon” por el triple crimen vinculado al narcotráfico ocurrido en General Rodríguez. Esa operación de desgaste, persistente y sin dar tregua durante meses y años, también llevó agua para el molino del macrismo. La estrategia no es desconocida pues también se observa en el resto de los países de América Latina como ariete contra los gobiernos “populistas” y para favorecer electoralmente a las fuerzas conservadoras.
No debería omitirse en este análisis la base territorial que aportó el radicalismo a la alianza Cambiemos. El triunfo sorprendente en provincias de fuerte tradición justicialista o el gran repunte en otras achicando sustancialmente las diferencias habituales, también contribuyeron a la hora de sumar puntos para Macri. Buenos Aires, por su enorme peso demográfico, fue el caso más sobresaliente pero no el único.
La Pampa, precisamente, estuvo entre las jurisdicciones de estirpe peronista que le dieron el triunfo a Macri. Aún con su escaso peso electoral en el escenario nacional, el ejemplo tiene validez. Claro que para los ojos de los pampeanos no escapó otro costado de este fenómeno: la convulsionada interna del PJ. Dos ejemplos alcanzan para ilustrar: en Santa Rosa, donde el 25 de octubre cayó el vernismo, ganó Scioli; y en General Pico, donde se impuso con comodidad el nuevo gobernador, perdió el candidato del FPV. Más claro imposible, aunque públicamente los dirigentes nieguen o pretendan minimizar este efecto.
En síntesis: la ola conservadora que avanza en el continente y el mundo también llegó a la Argentina. La incógnita es cómo, a partir de ahora, se desplegará desde el poder y qué resistencias encontrará en los sectores sociales que no quieren resignar derechos.