Mapa político que se dibuja electoralmente

Señor Director:
Quienes son politicólogos y quienes queremos entender mejor este aspecto de la propuesta democrática, no serían como el búho de Atenea, que levantaba su vuelo al anochecer del día. Los aleteos de este búho pueden comenzar después del escrutinio o demorarse unos días. La diferencia no es sustancial.
Vale esperarlos porque sirven para entender la política y para conocer a la sociedad de la que somos parte. En la reciente PASO, el primero (de los que conozco y he podido leer) en mostrar qué es lo que ve en la penumbra fue José Natanson, cuyo pensamiento provocó un giro en los análisis aunque pudo cometer algunas imprecisiones al exponer lo que veía. Por eso dio lugar a réplicas que han sido respetuosas y en más de un caso no lo han mencionado.
Esta semana vale leer lo que dice Edgardo Mocca sobre la “revolución cultural” del macrismo (en Página/12): Que la meta de tal revolución pasa necesariamente por borrar material y moralmente la experiencia de los años kirchneristas, los cuales “con todas sus limitaciones históricas, fueron una época de recuperación de una cultura colectiva solidaria y patriótica, opuesta a la cultura de concentración de la riqueza y el descarte de los seres humanos”. Que el resultado electoral, el verdadero y no el precocido por el gobierno y los medios monopólicos, parece demostrar que el objetivo de mandar esa experiencia al basurero está muy lejos de haber avanzado. Que esto es “lo que seguirá jugando en los meses que faltan para octubre y también en los tiempos posteriores”. O sea, que se configuran dos culturas opuestas que, en verdad, repiten la contradicción histórica.
En su propia columna del mismo diario, Mario Wainfeld recuerda la movilización iniciática del kirchnerismo del 25 de mayo de 2006, “inolvidable y, quién sabe, ya olvidada”. N. Kirchner armaba una coalición bipartidaria que comprendía a gobernadores e intendentes radicales. “Pintaba como la coalición con mayor poder económico de toda la historia democrática argentina”. Duró poquito, bastó para ganar una elección pero no para consolidar un nuevo sistema político. (Diría, por mi parte, que esa experiencia repitió otras de la historia política argentina, como cuando la emergencia del peronismo en los ’40 no tuvo correspondencia formal ni del radicalismo ni del socialismo de ese momento, quizás por efectos de la II Guerra, que había producido alineamientos en la Argentina).
En la pasada semana se pudo escuchar nuevamente en Buenos Aires al español Iñigo Errejón, uno de los organizadores del movimiento Podemos (de fuerte presencia actual en España). En una conferencia tripartita en escenario universitario Errejón habló de la “restauración conservadora” que se observa ahora en el mundo y que él describe como “una sublevación de los privilegiados”. Recordó que en Europa, el Estado de Bienestar (objetivo inicial luego abandonado de la Unión Europea), centraba su posibilidad en la participación de los sectores populares en el gobierno. Y que en América latina la misma restauración “se expresa como una suerte de venir a reclamar con furia lo que es suyo como derecho de nacimiento”. Cuando dice que la restauración conservadora es una sublevación de los privilegiados, quiere significar que los que poseen la riqueza buscan lo que consideran suyo por un derecho inmodificable.
He insistido en pensar y decir que lo característico de nuestra época es que sale a la luz la similitud real de situaciones en todas las sociedades hasta ahora basadas en la desigualdad y en el predominio de lo individualista. Que para entender el país hay que pensar la región y el mundo. Las recientes PASO mostraron, en la provincia de Bs. Aires, un dibujo destacado en que el voto se diferencia entre los extensos sectores agrarios y aquellos donde predomina el asalariado. El mapa de la misma elección en La Pampa no resultó diferente.
Atentamente:
Jotavé