María Soledad en el inicio de una tragedia inconclusa

Señor Director:
Es posible que la etapa de la marcha de la humanidad por la que estamos transitando sea la que marca la mayor y la más continuada efusión de sangre humana.
Por cierto que la historia, que es el relato del tránsito de nuestra especie, ha tenido épocas particularmente sangrientas, pero hay que considerar que en el mundo antiguo y aun en el medieval y el moderno, la población humana era muy reducida. El crecimiento poblacional se aceleró desde la revolución industrial. Saltó de millones a miles de millones.
No hablo de muertes “naturales”, previsibles, ya por la edad, por accidentes y por enfermedades no controladas (o porque los medicamentos forman parte del mercado, cuya ley es la ganancia de pocos y no el bienestar de las mayorías). Tengo en cuenta las guerras, que ahora se sabe cuándo comienzan, pero que nunca terminan. Incluyo en el cómputo las muertes por las acciones llamadas de terrorismo y por las matanzas debidas a distintos tipos de enajenación de sus autores. Tomo en cuenta la nómina de mujeres que están muriendo por los llamados femicidios y las que simplemente desaparecen, para ser halladas (cuando así sucede) muertas en algún baldío o lugar de poco tránsito. Recién en estos años se ha tratado de llevar la cuenta de estas muertes, pero no existe una nómina general confiable, incluso no la hay porque no todo caso se denuncia ni todo caso se investiga.
Al comenzar esta semana se supo del fallecimiento de Elías Morales, un vecino de Catamarca que se hizo conocer al encabezar, con su esposa, marchas ante la desaparición de su hija María Soledad, de 17 años. Esto sucedía en l990, cuando no se había forjado la voz femicidio. Una dama de aquella sociedad se fastidió ante tanto ruido “por esa chiruza”, pues María Soledad era de familia humilde. Digamos que este “chirucidio” no era novedad, sobre todo en algunas de las provincias del norte y noroeste argentino: las más “tradicionales”, donde perduraban formas de vida social que valorizan la existencia en relación con los recursos, las relaciones políticas y la antigüedad real o presunta de las familias. El caso María Soledad permanece como una referencia, porque el empeño de los padres de la muchacha, la reacción de sus compañeras de escuela secundaria y la fortaleza de una monja, directora de dicho colegio, pudieron romper la trama de complicidades y silencios que condenaban por anticipado a las chiruzas que osaban estudiar y entrar en el círculo de la “gente como uno”. El gobierno de esa provincia fue intervenido por el nacional, a pesar de las relaciones de clase y políticas existentes, y se logró que hubiese dos culpables: un ex novio y un joven de los tradicionales. El primero fue condenado a ocho años de prisión y el segundo a “perpetua”. Esto sucedió seis años después de la muerte de María Soledad. La perpetuidad del responsable principal duró 14 años, hasta obtener la libertad previsional. El otro cumplió sus ocho años de prisión.
Si ha habido cambios, se notan poco. Hoy se habla de Belén en Tucumán y de Milagro Sala en Jujuy. Ambas de la raza de las chiruzas.

Infancia.
¿Desde cuándo “los únicos privilegiados son los niños”?
Antonio y María formaron pareja, en San Luis. Ella aportó la modesta dote de dos hijos, uno de ellos de 7 años. Los vecinos notaron que el pequeño dejó de asistir a la escuela y comenzaron a escuchar gritos que salían de la casa. Entonces vieron que el chico era dejado solo, atado a una silla, desde horas de la mañana hasta avanzada la tarde. Niños de la vecindad se asomaban a una ventana y se las ingeniaban para alcanzarle agua y alimentos, pero la ventana fue clausurada y el chico amordazado.
Cuando el caso fue denunciado y actuó la policía, el varón de la pareja se desligó de toda culpa: eran cosas de su mujer. Ambos están presos y procesados. El chico se rehace en una familia que lo ha acogido.
Atentamente:
Jotavé