Memorias de la vida en multiplicidad de lenguas

Señor Director:
Días atrás científicos del Conicet y universidad nacional de La Plata hicieron saber que sus trabajos en Cerro Negro, Olavarría, les han permitido detectar rastros (adheridos a piedras) de formas de vida cuya antigüedad estiman en 545 millones de años. Asimismo, que éste puede ser el registro más viejo hallado en América del Sur de esta forma de vida.
Mientras se puede esperar información más detallada conviene tener presente las dataciones más recientes. Entre otras cosas, la antigüedad que se menciona, de 545 millones de años, puede impresionar al público no iniciado, pero hay que tener en cuenta que la antigüedad de nuestro planeta se estima en 4.570 millones de años y que la vida habría hecho sus primeras manifestaciones hace unos 4.000 millones de años. Desde el prodigio inicial de un ser animado hasta nuestros días discurre el relato de la vida. Para la ciencia hubo un único ancestro común (dada la similitud de la organización y funcionamiento de los seres que han existido y los que existen). Las diferenciaciones habrían surgido por selección natural en el proceso de la evolución, según la idea a la que dio lo básico de su forma actual el británico Charles Darwin en el siglo XIX.
Al leer sobre estas expresiones científicas hay algo que me ha interesado en particular: el hecho de que la ciencia haya podido hacer estas teorías y dar forma al relato de la vida, reconstruyendo las grandes líneas de la diversidad de trayectorias que fue tomando. Es algo prodigioso que haya podido establecer la coherencia existente entre la diversidad de esas huellas, señales o lenguajes hasta permitirnos alcanzar una visión que, si bien siempre se puede mejorar y modificar, ya nos produce la sensación de saber dónde estamos, a partir de saber de dónde venimos y cómo pudimos. Me he dicho que tal vez la vida ha estado dejando escritas sus memorias en una multitud de lenguajes, especialmente al “cuidarse” de que restos de la materia orgánica que constituyó a tales seres no desaparecieran, o sea por los fósiles, esos rastros y señales que han permitido avanzar hasta una teoría general. Esos rastros y señales que cada tanto, cada vez con mayor frecuencia, hallan quienes hacen la investigación sobre el terreno utilizando instrumentos que magnifican la capacidad de observación. Y admiro la constancia, la cooperación y el talento que han sido necesarios para descifrar esos lenguajes y para haber avanzado en la elaboración de un relato coherente.
De tal manera, nosotros, el hombre, podemos pensarnos como los seres gestados para que esta historia tenga quién la cuente.

Adioses.
En el año que ha concluido terminó también la existencia de personas que se hicieron notorias durante el siglo XX. No he podido ocuparme de la mayoría de ellas, para decirles mi propio adiós. En muchos casos, porque ni siquiera había sabido de su existencia. En otros, porque me copaba el acontecer actual, los enigmas de nuestro tiempo, las señales del significado oculto que, en algún momento, hará posible pontificar sobre los rasgos de nuestra época.
De todos ellos, uno de los más leídos por mí, al menos en su etapa creativa, fue el argentino Andrés Rivera. Llegó al fondo de mi sensibilidad con su La revolución es un sueño eterno, menos por el enigma que plantea este título, como por el hecho de que rescató la figura de Castelli, su tragedia personal y su compromiso total con Mayo de 1810.

Elementos.
Aire, agua, tierra, fuego, fueron los “elementos” que la antigüedad (cultura helena) reconoció en su aproximación al conocimiento de una verdad que cuesta asimilar: que el mundo “es” como lo vemos porque tal es el alcance de nuestros sentidos, de modo que difiere del mundo en que viven el perro, el colibrí, la abeja…
De ahí la permanencia de los versos de Campoamor: “Todo es según el color /del cristal con que se mira”.
Atentamente:
Jotavé