Mirando al puerto y de espaldas a las travesías

Señor Director:
Me disponía a insistir en un tema que he abordado con frecuencia en estas columnas luego de ponerme a mirar el mapa de La Pampa que tengo al lado del lugar donde escribo y repetir que llevamos ciento veinte o más años desde que se formalizó el poblamiento y seguimos estando de espaldas a la mayor parte del territorio.
No sé qué diríamos si se diera una repetición de la “conquista del desierto” con algunos de los argumentos del tiempo de Roca: que hay aquí un “desierto” que reclama lo que Kipling llamó “la carga del hombre blanco”. Presumía este poeta y prosista que el “hombre blanco” es una especie de enviado de los dioses para llevar su industria a las partes atrasadas del planeta, para felicidad de toda la especie homo sapiens. La palabra “carga” daba un sentido misional a una colonización que fue básicamente depredadora. El hombre blanco se “hacía cargo” de esta misión “redentora”.
Leí el domingo, en Caldenia, que Walter Cazenave insiste en recordarnos que seguimos sin poner la atención debida en más de la mitad del territorio de esta provincia y vuelve a dar cuenta que, más allá del problema básico de los ríos que aún aportan agua es preciso tomar conciencia de lo que queda y que no aprovechamos. En su fundamentada nota Cazenave habla de algunos otros recursos hídricos dignos de ser “estudiados y eventualmente aprovechados”, algunos de ellos permanentes (en la meseta basáltica) y los otros en la zona de valles, cuyos aportes se relacionan con las lluvias. Dice también que los estudios para posibles aprovechamientos estuvieron en desarrollo durante años, pero se fueron interrumpiendo a partir de los setenta.
Desde mis funciones periodísticas y mi compromiso como nativo he querido y podido conocer esos sectores. Al comenzar la provincialización tuve a mi cargo la parte de difusión de un emprendimiento alentado desde Asuntos Agrarios para iniciar un estudio sistemático del suelo de toda la provincia. En notas que publiqué inicialmente en General Pico fui dando cuenta de lo que veía y escuchaba al integrar comisiones que partían hacia ese interior, aparte de poner atención en lo que era mi propia tarea: ver, desde el lado de la educación, cómo se podía asociar la escuela con esa realidad física y humana, de todo lo cual fui dejando constancia.
He podido reconocer el valor de los proyectos referidos al aprovechamiento del río Colorado, entendido no solamente como una acción política necesaria para evitar la continuidad de los hechos consumados que han devorado el Salado y reducen la disponibilidad del Atuel. Los emprendimientos del Colorado fueron pensados como una “cabecera de puente” (así lo dije usando una terminología aprendida en la II Guerra Mundial). Para ir hasta el Colorado se contaba con el avión, que era para pocos, y con las camionetas y éstas obligaban a pesar por el sector de los valles y afrontar travesías por caminos entonces no pavimentados. Se aprendía, mirando y escuchando, que el papel del Colorado era, además de aprovechar su oferta de un caudal permanente y de importancia, la manera de romper la tradición de estarse “mirando al este”, expresión con la que entiendo definir una actitud que conocí observando la conducta de quienes tenían responsabilidades de conducción en el territorio nacional y hasta los comienzos de la provincia: gente enviada desde Buenos Aires, que se sentía “porteña” y soñaba con el momento de retornar a esa suerte de seno materno.
Desde mis columnas he pedido, últimamente, que se siga peleando por los ríos “robados”, pero que se tenga en cuenta ese territorio acerca del cual parece que siempre estamos comenzando. La información que menciona Cazenave es lo que él mismo ha conocido porque quiso conocer esa “otra” Pampa, como muchos otros pampeanos. Tenemos que mirar hacia el oeste y asumir la responsabilidad con respecto a la totalidad del territorio.
Atentamente:
Jotavé