Mucho más que un ídolo deportivo

En nuestros tiempos la maquinaria de la comunicación de masas ha convertido a los deportistas de elite en semidioses. Cuando se retiran -o mueren- suelen ingresar a una suerte de Olimpo histórico y allí quedan en el recuerdo de las multitudes. Pero por fuera de la actividad deportiva son excepcionales los casos en que han trascendido a causa de su protagonismo en el campo político-social. En la solitaria cúspide de ese podio está el recientemente fallecido Muhammad Alí, considerado con justicia el más grande boxeador de los peso-pesado y, quizás, de todas las categorías.
A sus descollantes cualidades deportivas sumó una jerarquía humana pocas veces vista en el mundo de las súper estrellas. Había nacido en uno de los barrios pobres de Luisville, Kentucky, en los Estados Unidos, país del que supo reflejar los traumas y conflictos de su época. Desde muy pequeño conoció la discriminación que sufren en aquella nación las personas de color, mucho más acentuada medio siglo atrás. Descendiente de esclavos, fue bautizado como Cassius Marcellus Clay, el nombre del antiguo amo de sus abuelos. Pero a medida que ascendía en la ardua carrera del boxeo logró lo que muy pocos alcanzan en esa situación: el crecimiento de su conciencia cívica paralelamente al de su fortuna personal.
Ya famoso y prácticamente imbatible en el ring, la observación del medio social en que vivía lo llevaron a dar dos pasos de enorme trascendencia, no solo en lo personal sino para toda la comunidad afrodescendiente de Estados Unidos. Se convirtió a la religión islámica y renegó de su nombre esclavista para adoptar uno acorde con su nueva creencia: Muhammad Alí. Sus razones para el cambio eran orgullosas e impecables: “no quiero ser lo que ustedes quieren que sea”, decía.
Eran años en que la lucha de los negros contra la segregación racial en Estados Unidos era reprimida con extrema violencia por la policía y hasta por el ejército, y muchos de sus líderes caían asesinados como Martin Luther King y Malcom X. La política exterior norteamericana empezaba a apuntar sus cañones contra la comunidad árabe internacional y la práctica del islamismo fronteras adentro era muy mal vista y motivo de persecución por parte de la CIA, el FBI y otras agencias de seguridad. Ni un campeón de boxeo como Alí se salvó de padecer ese clima asfixiante. La orden de enrolamiento para combatir en Vietnam fue, sin dudas, producto de ese acoso del establishment blanco, cristiano y anglosajón que no soportaba a un hombre que orgullosamente reivindicaba su color, sus raíces africanas, su pertenencia al islam y, por si no bastara, se erigía como un ídolo deportivo admirado no solo por su propia comunidad sino por todo el mundo.
Fue entonces cuando sobrevino lo inesperado: en una muestra de dignidad pocas veces vista, Alí se negó incorporarse a las tropas, considerando que se trataba de una guerra injusta contra un pueblo inocente que se defendía en forma heroica. Su frase “los vietnamitas no me llaman nigger” (la palabra despectiva de los blancos norteamericanos para con la gente de color) causó sensación pero también odio. Fue condenado a cinco años de prisión -que logró cumplir bajo libertad condicional con pago de fianza- pero también le retiraron su licencia de boxeador y le arrebataron los títulos que había conseguido.
Alí supo reinventarse a sí mismo sin renegar de sus ideas; luego de cinco años alejado del boxeo volvió a ser indiscutido campeón del mundo, y cuando se retiró siguió participando activamente en la vida civil. Viajó por el mundo en misiones humanitarias que tuvieron enorme repercusión mundial y fue respaldado y elogiado por notables personalidades políticas e intelectuales de todos los países.
En tiempos en que la elite del deporte profesional vive tan cerca de la frivolidad, la figura de Muhammad Alí puede ser la antorcha que ilumine otro camino.