Nada es fácil a partir del acto de matar, si falta experiencia

El caso criminal ocurrido días atrás en Manuel Alberdi, Pilar. es uno de los más horrendos en mucho tiempo, aunque con rasgos repetidos en la oscura historia de nuestra especie.
Los muertos fueron una mujer de 50 años y un varón de 52. Se casaron hace más de diez años y cada uno de ellos aportó un hijo propio: un varón y una mujer. Eran hermanastros. La pareja tuvo luego un par de mellizos, actualmente de once años. Mellizos, hijastros y pareja mayor convivían. Los hijos mayores transformaron la convivencia en noviazgo y eso ayudó a generar una situación que empeoró hasta producir una ruptura. La pareja de hermanastros resolvió que no había otra salida que deshacerse de los “viejos”.
La tensión culminó con la muerte del matrimonio, consumada en la vivienda común y en una situación que podría tener su origen en la relación establecida entre hermanastros. O en el mal carácter del hombre mayor. El desenlace puede haber estado incubándose y quizás no fue planificado. Muertos los dos mayores, aparentemente a golpes y tiros, la pareja se encontró sin saber qué hacer con esos cuerpos. Optó por descuartizarlos, quemándolos en pedazos y probablemente llevando los restos a algún lugar o a lugares que comenzaban a conocerse al momento de escribir esta nota. Lo primero que halló la policía en la casa fue un paquete con restos que resultaron ser de la madre. Ah, la hermanastra dice que ella no participó, que estuvo bajo amenaza.

Antecedente
Repito que este tipo de homicidios, con todo el horror que produce, tiene largos precedentes. Por un motivo u otro, gente de nuestra especie siempre ha matado. A veces como defensa de la vida propia o de bienes materiales. Otras veces, como parece ser este caso, porque el ámbito familiar generó un estado de cosas que por cierto pudo tener solución incruenta: que la pareja joven dejara la casa decidída a trazar su propio camino, como parece razonable. Pero, ¿por qué se dan situaciones en que lo razonable no entra en los planes? ¿Será porque las mentes están ya envenenadas y marchan en derechura al crimen?
En otra oportunidad, hace años, recordé (como vuelvo a recordar ahora) un crimen que se produjo en la ciudad de Buenos Aires a comienzos del siglo XX, del cual tuve única noticia por unos versos que el diario Crítica publicó. El asesino había matado a su víctima, la había descuartizado, puso los restos en una bolsa, se la echó al hombro en la noche y se puso en marcha. El muerto real se llamó Augusto Conrado Schneider. Comerciante. El hecho se produjo en Buenos Aires en l915 y el asesino fue Raoul Tremblié, compatriota del occiso. El relato que quedó en mi memoria al conocerlo años después, siendo yo un púber, suponía que el asesino que llevaba el macabro paquete fue sorprendido por alguien. Por eso, dice así:
¿Dónde vas con el bulto apurado? /-A los lagos lo voy a tirar./ Son los restos de Augusto Conrado /A quien acabo de descuartizar.
El relato en verso es más extenso (y se puede ver ahora en Internet), pero mis recuerdos se cierran en este punto. He podido creer que estos versos eran la letra de una canción porque suelo entonarlos. Observé que la situación imaginada por el relator pecaba de artificiosa. El curioso pregunta cortés y casi familiarmente y el asesino contesta respetuosamente y con singular sinceridad, que lleva los restos de una persona, hace saber que la ha matado y descuartizado y revela que piensa tirarlos en “los lagos” (supongo que los de Palermo). Luego cada uno sigue en lo suyo.

Trenzas
Hay otro relato hecho canción de un crimen semejante. Habla de un criollo franco y sincero que se presenta en la comisaría y dice “arrésteme, sargento y póngame cadenas /si soy un asesino, que me perdone Dios…”, luego de lo cual informa al tiempo que muestra una valija: “las pruebas de la infamia /las traigo en la maleta: /las trenzas de mi china /y el corazón de él”. Revela así que en este caso el crimen fue el producto de la reacción del varón ante la deslealtad de su china. Se destaca la nobleza varonil al darse preso y portar las pruebas.
Muchas generaciones escucharon esta canción (la cantaron Gardel y Rivero, entre los más recordados). El hombre se presenta como gaucho honrado, trabajador y, sí, también criminal, pero vea usted las circunstancias… y ahí es donde aparece un personaje repetido: “el amigo más fiel” y, claro, también ella, la traidora de siempre. Tal como En la estancia del Mojón, que hizo lloriquear a tantos.
Y tal como en innumerables relatos de la era del varón siempre noble y la prenda siempre tan, tan débil. ¿O será que estas historias eran contadas por varones y para varones?
Jotavé