Negociación no es siempre mala palabra

Luego de un enfrentamiento virulento como nunca se había vivido en nuestra provincia en el seno del justicialismo, y que multiplicó con fuertes peleas entre los poderes Ejecutivo y Legislativo por la ley de coparticipación de las regalías petroleras, las aguas tienden, poco a poco, a calmarse, producto de una herramienta política que no siempre ha tenido la valoración que se merece en nuestro pago chico: la negociación.
El mismo término: “negociación”, está tan desprestigiado en la política local que lo primero que sugiere es “transa”, “trueque”, pues el propio ejercicio político lo ha desnaturalizado hasta ese extremo. Cuando se dice que dos partes -pueden ser partidos, dirigentes, funcionarios, etc.- están “negociando”, la primera idea que, inmediatamente, surge es la de una suerte de tráfico de influencias o de mero intercambio de intereses. Lo más alejado de una perspectiva noble de la política.
Es que la historia reciente de nuestra provincia -y la del país también, por supuesto- tiene infinidad de ejemplos que justifican la desconfianza. En la arena política local son muchísimos los ejemplos de esa versión degradada de la negociación. Todos sabemos que acá se han “negociado” puestos en el Estado, candidaturas, designaciones de magistrados, leyes de reelección, y una larga lista de ejemplos por el estilo.
Por eso ahora, cuando los poderes Ejecutivo y Legislativo se encuentran en tratativas para superar las tensiones y las posturas antagónicas en que ambos se instalaron en forma irreductible, y aparece esta herramienta cumpliendo un papel diferente, cunde una suerte de extrañeza, de estupor.
El vernismo y la oposición sancionaron en Diputados una ley de coparticipación de las regalías petroleras en franca oposición a los deseos del Centro Cívico. Incluso demoliendo un veto del gobernador. La batalla estaba planteada en términos de confrontación absoluta, con los adversarios instalados en posturas irreconciliables. En ese escenario, el último acercamiento entre el gobernador y los diputados plurales, hasta entonces enemigos acérrimos, aportó una cuota de oxígeno al debate y condujo, de a poco, a un principio de entendimiento. Con el correr de las horas ese acuerdo parece ir consolidándose, ante el disenso de la oposición que hace su juego, como es de esperar.
Si el gobernador logra que el bloque vernista acepte, aunque sea parcialmente, que una buena parte de las regalías petroleras a las comunas sean de “libre disponibilidad”, una propuesta que no parece ilógica, ambas partes podrán irse a sus casas tranquilas y adjudicarse una victoria nada indigna. ¿Es o no es una negociación en términos políticos aceptables, con un fin superador y que deja a todos contentos? Un buen ejemplo, entre tantos negativos, de negociación que permite salir de una encerrona.
Pero a pesar de este “final feliz”, no puede olvidarse que también existe un mar de fondo, una suerte de mirada muy crítica en buena parte de la sociedad pampeana hacia estas peleas sectoriales en el seno del justicialismo que en nada contribuyen al funcionamiento del Estado, antes bien, enturbian su desempeño y el de la totalidad del campo político. Y en un año electoral esa mirada exterior adquiere mayor peso. Es sabido que en política nadie se suicida.
La sensibilidad epidérmica de la dirigencia peronista está muy atenta al clima de desaprobación y hartazgo que se percibe con relación al internismo feroz en el seno del principal partido provincial. Y es indudable que ese sordo clamor se sintió a la hora de salir del paso de una situación paralizante que no beneficiaba a nadie. Es en ese contexto general que se logró el acuerdo; pero en buena hora que haya sido así, aunque a muchos le pueda parecer que se alcanzó antes por pragmatismo electoral que por madurez política.