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Domingo 07 de junio 2026

Ni los chicos se salvaban

Redacción 29/07/2010 - 01.01.hs

Días atrás en algunos diarios porteños -no en todos- se publicó una noticia que seguramente avivó el dolor de la inmensa mayoría de los argentinos. En el juicio por los crímenes cometidos en la ESMA una testigo ratificó el relato de un suceso digno de los campos de la Alemania nazi: en aquel lugar de cautiverio un muchacho de catorce años, Pablo Míguez, muy poco más que un niño, había permanecido en reclusión junto con su madre por largo tiempo. Pero no solamente eso, también había sido torturado en presencia de ella con picana eléctrica, buscando que la mujer firmara unos papeles cediendo unos bienes.
Lo peor es que nunca más se supo de él, por lo cual existen motivos más que fundados para creer que fue víctima de los "vuelos de la muerte". La vesanía de tamaño acto mueve a las reflexiones más oscuras sobre la maldad humana en general y de gentes a las que en algún momento consideramos compatriotas (hijos de la misma patria) en particular.
En primer lugar se advierte que en este caso junto con la cuestión político-ideológica -si la había- campeaba un interés meramente material para que la madre cediera derechos, aún aplicando las formas más aberrantes de la extorsión, como hacer que presenciara el paso de descargas eléctricas sobre el cuerpo de su niño. Luego estremece comprobar que alguien pudo haber dado la orden de condenarlo a ser arrojado al mar, arrogándose una potestad sobre vida y muerte que, ni de lejos, contemplaba edades o condiciones; y todo como corolario de un cautiverio atroz, maltratado hasta lo indecible y refugiándose en la solidaridad de quienes lo acompañaban en prisión. Aterra pensar en la tortura física y sicológica del adolescente sumido en esas mazmorras.
A más de treinta años, estos espantosos episodios vuelven a revivirse en los juicios contra los represores. Las preguntas sobre los niveles increíbles de sadismo y crueldad surgen espontáneamente: ¿Cómo se pudo llegar a esos extremos de inhumanidad?¿Cómo pudieron volverse contra su propio pueblo y derramar tanta sangre -incluida la de niños- alegando que lo hacían en "defensa de la patria"?
Resulta incomprensible que ante ejemplos como éste, o similares como la apropiación de niños, haya quienes pretendan justificar a los responsables con apelaciones a guerras justas y enemigos demoníacos. Esos argumentos se siguen escuchando todavía; los utilizan en los medios algunos conspicuos defensores de la dictadura y en los juicios los abogados que representan a los militares que llevaron a cabo el operativo genocida que sacudió al país entre las décadas de los setenta y los ochenta. Alguien que conoció en detalle todo aquel espanto, el escritor Ernesto Sabato, cuando integró la comisión del Nunca Más dijo que enterarse de los sucesos había sido "un descenso a los infiernos". No podría haber sido más gráfico.
Hoy Pablo Míguez es un recuerdo, un testimonio de un instante que horroriza a las conciencias decentes. Otra virtud de los juicios a los represores, como el que en pocos días más dará comienzo en Santa Rosa, además de sentar en el banquillo a los responsables de tantas atrocidades, es la de reavivar en la sociedad la memoria de lo ocurrido.

 


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