Ninguna autocrítica entre los ortodoxos

Ninguno de los economistas ortodoxos más conocidos -haya pasado o no por el gobierno- se ha animado a realizar alguna tibia autocrítica acerca de los pésimos resultados del programa aplicado por el macrismo. La ortodoxia neoliberal es adicta al autobombo y le gusta presentarse como la versión “racional” o “seria” de la ciencia económica. Pero cuando se trata de evaluar las consecuencias de sus recetas llevadas a la práctica, los miembros de ese selecto club son maestros en el arte de eludir las responsabilidades y de buscar culpables por fuera de su propia doctrina.
En Argentina y el mundo la aplicación de los modelos ortodoxos parten de las mismas premisas: bajar impuestos y retenciones a las exportaciones de los sectores más poderosos, aplicar fuertes tarifazos a los servicios públicos con el fin de garantizar súper-ganancias a las empresas prestadoras y reducir los niveles salariales y jubilatorios entre otras medidas de similar tenor. Y como consecuencia generan los mismos resultados: aumento de la desocupación, la pobreza y la desigualdad social; endeudamiento externo; caída del mercado interno y destrucción del aparato productivo; decadencia de la salud y la educación públicas, etc.
Todos los países que pasaron por esta experiencia sufrieron los mismos resultados, sin excepción. En América Latina, luego de una década de gobiernos populares que lograron en parte quebrar esta tendencia y generar mayores niveles de bienestar general, la restauración neoliberal llegó para poner “las cosas en su lugar” en nombre de la “racionalidad”.
Ahora bien, cuando asumió el macrismo hace tres años y un mes, los economistas que formaron parte del gobierno como los otros que desde afuera fogonearon el retorno al cepo neoliberal aseguraron que la devaluación no iba a generar inflación, que el pago a los fondos buitre iba a provocar una lluvia de inversiones, que los tarifazos en los servicios públicos no serían inflacionarios, que el endeudamiento externo no sería un problema… Esos y otros pronósticos que arriesgó la ortodoxia demostraron ser absolutamente erróneos. Hasta los votantes de Cambiemos pueden verlo porque lo sufren día a día.
El desastre al que condujeron el país no es otra cosa que una crisis autoinfligida por quienes defienden una ideología que representa los intereses de las elites económico-financieras. La caída en el Fondo Monetario Internacional -una posibilidad que el macrismo siempre negó hasta la víspera de su concreción- no fue otra cosa que una consecuencia de esa misma orientación y significó en los hechos una profundización del modelo.
Sin embargo, a pesar de tan estrepitoso fracaso ninguna voz se alzó para esbozar aunque sea alguna tímida autocrítica. Solo se escuchan excusas o se culpabiliza a factores o “enemigos” externos: la política, el (inexistente) gradualismo, la pesada herencia, etc. Los periodistas de los grandes medios porteños cumplen un rol decisivo al esquivar invariablemente las preguntas “molestas” con el propósito de que los principales responsables ideológicos de la catástrofe que padecemos los argentinos se vean liberados de la responsabilidad de dar cuenta de sus actos y propuestas.