No cesan las muertes de mujeres

ABORTOS Y FEMICIDIOS

Luego del rechazo del Senado a la ley de Aborto, cuatro mujeres han muerto por abortos clandestinos. Los femicidios también continúan su curva ascendente. ¿Hasta cuándo?
IRINA SANTESTEBAN
La presidenta del Senado, Gabriela Michetti, festejó con escaso tacto político el rechazo que ese cuerpo votó el 8 de agosto, al proyecto de ley para que la interrupción del embarazo sea legal, segura y gratuita, en los hospitales. “Vamos todavía” se la escuchó exclamar, con su conocida torpeza en la Cámara Alta.
No ha transcurrido un mes de esa sesión, y ya se contabilizan cuatro muertes de mujeres jóvenes, que debieron ser hospitalizadas tras abortar en condiciones clandestinas.

No se salva ninguna.
La falsa consigna “salvemos las dos vidas”, que esgrimiera el sector de los pañuelos celestes, era falsa. Es que negando el derecho a decidir a las mujeres que, de una u otra forma van a seguir abortando, no se salva ninguna de esas vidas, ni la del embrión ni, lo más grave, la de la mujer que, por la razón que fuere, igualmente decide no seguir con un embarazo no deseado.
Quienes murieron en estas 3 semanas eran jóvenes mujeres, con hijos pequeños a su cargo, poniendo en evidencia el doble efecto de los abortos clandestinos: se cobran la vida de la madre, y privan de ésta a sus hijos e hijas. En los cuatro casos, no había un esposo o pareja que acompañara a esas mujeres, quienes tomaron, en soledad, una decisión que les costaría la vida.

Tampoco los no punibles.
Algunos de quienes argumentaron contra el proyecto de Aborto Legal, se expresaron a favor de aceptar los No punibles, previstos en el art. 86 del Código Penal, y reglamentados por la Corte Suprema de Justicia de la Nación en el fallo FAL, en mayo de 2012. Son los embarazos por causa de violación o abuso, y ante el peligro para la salud o la vida de la madre, entendiendo a la salud en su concepto amplio, tanto física como psíquica.
Sin embargo, la mayoría de los que marcharon con los pañuelos celestes, con el fundamentalismo religioso a la cabeza (católico, evangélico, etc.), no aceptan ni siquiera que se interrumpa un embarazo en esos casos, previstos en nuestra legislación penal desde 1921.
Para estos ultramontanos, cuando una mujer queda embarazada, no importa la situación en la que se encuentre, ni cómo fue que quedó embarazada, se transforma en un útero que tiene más relevancia que su misma persona. A tal punto llega su extremismo, que el símbolo de estas marchas era un feto de cartón, levantado como emblema, pero sin el vientre que lo contiene y le da vida, que es la mujer.
Ése fue uno de los argumentos más fuertes que invocó la especialista en Derecho Civil y de Familia, Aída Kemelmajer de Carlucci, cuando le tocó intervenir en el plenario de Comisiones en el Senado. Ella explicó con claridad que ante un conflicto como el del Aborto, el derecho debe priorizar la vida de la persona que ya goza de la plenitud de sus derechos, la mujer, y respetar su derecho a decidir. Ella llamó a esos sectores “fundamentalistas del feto”.

Violentos “defensores de la vida”.
Otro caso que pone en evidencia la violencia de los sectores antiderechos, sucedió en San Juan, con una niña de 14 años, con discapacidad mental, embarazada por haber sido abusada, y cuyos padres solicitaron el aborto terapéutico. Cuando la niña era conducida hacia el quirófano, irrumpieron en el hospital para impedir que se llevara a cabo la intervención. No lo lograron, pero el hecho marca un quiebre en la actitud de estos grupos, que han pasado a las vías de hecho para hacer cumplir lo que consideran un mandato divino.
Fue la primera vez que se practicó un aborto no punible en San Juan, provincia que, como otras 15 del país, no han adherido a la Guía de Abortos No Punibles, una de las recomendaciones del fallo FAL. En otra muestra de fanatismo, uno de los médicos del hospital Rawson, donde se practicó el aborto, presentó una denuncia contra sus colegas que intervinieron a la niña.

Femicidios.
A las muertes por abortos clandestinos, se suma otra estadística que también cobra la vida de las mujeres, los femicidios, que van en curva ascendente.
Estos crímenes, que ya fueron introducidos en nuestro ordenamiento penal, como agravante (tienen pena de prisión perpetua), fueron el detonante de la gran movilización del 3 de junio de 2015, que dio origen al movimiento Ni Una Menos, que ha congregado a millones de mujeres en todo el país, replicándose incluso en América Latina y el mundo.
Según el registro de femicidios de la Corte Suprema, en el país una mujer es asesinada por su condición de tal, cada 35 horas. Esta cifra corresponde al relevamiento de causas judiciales de 2017, con 251 víctimas directas de violencia de género.
De acuerdo al máximo Tribunal de la Nación, la tasa en todo el país alcanza 1,1 femicidio cada 100 mil mujeres y corresponde al registro de causas judiciales iniciadas entre el 1 de enero y el 31 de diciembre del año pasado.
Para este registro, se sumaron dos nuevas categorías de víctimas: los femicidios vinculados y los vinculados por interposición en línea de fuego. Los primeros son aquellos cometidos contra niñas, niños, adolescentes, mujeres, varones, trans, travestis, para causar sufrimiento a una mujer, mujer trans o travesti. La segunda, en tanto, incluye a víctimas que intentan evitar un femicidio y son asesinadas también.

Los victimarios.
Para los que intentan minimizar los femicidios argumentando que la mayoría de las víctimas de homicidios violentos son varones, el dato relevante es que, en el 93% de los casos, los victimarios son varones con quienes las víctimas tenían un vínculo o conocimiento previo; en casi el 60 % de los casos, eran sus parejas o ex parejas. El 80% de estos crímenes se cometen en los espacios privados, y el 71% en las viviendas de las víctimas.
De los 251 femicidios que se cometieron en 2017, surge otra cifra alarmante: 202 niños, niñas y adolescentes menores de 18 años, estaban a cargo de esas víctimas, constituyendo un efecto colateral que denota la gravedad de este flagelo.
El aborto y los femicidios, aunque diferentes, tienen una víctima en común, la mujer. Ambos son producto del patriarcado, que pone a las mujeres en un plano de subordinación respecto al varón. Y aunque está en franco retroceso, ante el avance arrollador de las mujeres, las muertes por abortos clandestinos y los femicidios, nos dicen que todavía está lejos de ser derrotado.