No es cosa del pasado

Las últimas audiencias del segundo juicio a los represores de la Subzona 14 fueron conmocionantes, tanto para el público que estuvo presente como para quienes las siguieron a través de los medios. Los relatos en primera persona de quienes fueron víctimas de las sesiones de tortura muestran el nivel de salvajismo al que puede degradarse el torturador y, a la vez, el padecimiento atroz de quien experimenta en su cuerpo un grado de violencia sin par.
La tortura aplicada a nivel masivo fue el instrumento de dominación de las voluntades que utilizó la dictadura. En todos y cada uno de los juicios que se están llevando a cabo en país -y en los que ya concluyeron- para juzgar a los represores, se reiteran estos desgarradores relatos. Fueron incontables las personas sometidas a tormentos físicos y psicológicos con un nivel extremo de crueldad, y debe tenerse en cuenta que el posterior asesinato o desaparición de muchos de ellos ha impedido que se conociera otra infinidad de testimonios.
Para las víctimas que hoy atestiguan la dictadura no es el pasado. Las secuelas que persisten en sus cuerpos y mentes lo confirman. Como también la traumática experiencia que se perpetúa en sus familiares y allegados. Sentarse ante un tribunal y recordar esos momentos tan dolorosos puede operar como alivio para muchos de ellos. Mirar a la cara a los torturadores también. Pero es evidente que el sufrimiento no se puede eliminar del todo y eso se advierte con solo observar el rostro conmovido de los que expusieron -y se expusieron- en las audiencias para relatar las crueldades a las que fueron sometidos. Lo mismo pudo advertirse en el juicio anterior.
La ausencia de arrepentimiento de los represores es un tormento adicional. En ninguno de los juicios realizados pudo escucharse una sola palabra que hablara de contrición. Al contrario, todos los acusados reivindicaron su metodología represiva sustentada en la “doctrina de la seguridad nacional”, engendro francés que luego los norteamericanos introdujeron en toda América Latina. De ahí que solo la justicia pueda aportar alivio a las víctimas con una condena ejemplar para los victimarios.
Las voces que hoy se alzan para tratar de imponer un manto de olvido sobre la dictadura y terminar con la tramitación de los juicios -muchas de ellas hasta se permiten hablar de “reconciliación”-, no solo responden a intereses muy parecidos a los que defendiera aquel régimen cívico-militar, sino que procuran convencer que se trata, precisamente, del pasado. De una experiencia que terminó y que no se perpetúa en el presente.
Los propios juicios desmienten esas arengas. Los desaparecidos, los bebés raptados y sus identidades cambiadas, los torturados y sus llagas son secuelas de una actualidad irrefutable. Pretender esconder estas heridas tan dolorosas con la palabra “olvido” es como barrer bajo la alfombra.
Por tal motivo, ante esa avanzada reaccionaria la mejor respuesta es “memoria y justicia”, la bandera que levantaron los organismos defensores de los derechos humanos acompañados por una sensible mayoría de la sociedad que nunca aceptó que le pusieran una venda en los ojos.