No basta que haya dos para dialogar

SEÑOR DIRECTOR:
La palabra diálogo, frecuente en los ambientes académicos, ha estado presente en estas semanas con motivo de conflictos económicos.
Alguien de entre mis siempre improbables lectores puede haberse preguntado qué es el diálogo. Si, como es recomendable, fue al diccionario, halló que el diálogo es una plática entre dos o más personas que alternativamente expresan sus ideas o afectos; también, que es discusión o trato en busca de avenencia y, asimismo, obra literaria en la que se finge una plática o controversia entre dos o más personajes. Hallará las frases “diálogo de besugos”, por conversación sin coherencia lógica, y “diálogo de sordos”, cuando los interlocutores no se prestan atención.
Esta información no le dirá todo lo que el interesado quiere saber y entender. Si va a un diccionario de filosofía podrá leer que el diálogo responde a un modo de pensar esencialmente no dogmático; que Platón hace notar que el diálogo se diferencia de la controversia sofística, donde el intercambio o plática es mera disputa y no proceso cognoscitivo, y que el diálogo cabal es un método riguroso de conceptualización. Si venimos más hacia acá en el tiempo, el tema del diálogo se activa con el problema de la comunicación. Martín Buber dice que el diálogo auténtico es aquel en el cual se establece una relación viva entre personas como personas. El diálogo falso (monólogo) es aquel en el cual los hombres creen que se comunican mutuamente, cuando lo que hacen es alejarse unos de los otros. Unamuno avanzó hasta decir que el hombre es de condición dialógica. Otro autor, Aldo Testa, estima que el lenguaje sólo tiene sentido en tanto que se funda en el encontrarse recíproco de yo y el otro”.
Creo que de estas referencias necesariamente sumarias, se pueden sacar estos elementos: a) que el diálogo es esencialmente no dogmático, 2) que no es mera disputa sino una manera de buscar el conocimiento, y 3) que el diálogo pertenece a la condición humana (hay diálogo en mi interior, de cuyo proceso doy cuenta al expresar lo que entiendo como mi pensamiento) y que es el puente para encontrarse con el otro (el prójimo y con su propio diálogo) para buscar de entenderse y de ampliar la comprensión que tienen del problema que les afecta. En política se dice que en esto consiste la búsqueda de consensos. Esta última palabrita aparece en los medios de prensa cuando hay conflicto y se buscan avenimientos. El consenso es equivalente a consentimiento: al convenir en un objetivo, accedemos o consentimos en ejecutar las acciones necesarias para lograrlo.
Si el diálogo excluye el dogmatismo esto supone que quien quiere dialogar (o dice que quiere) admite que su modo de ver determinado problema puede no ser, en alguna medida, mejor o más conveniente. Si, en cambio, va hacia el otro sólo para tratar de imponerle su modo de ver las cosas, no tiene tal ánimo sino que procura imponerse y someter, obligando a adoptar la conducta que sólo él entiende que es mejor. Cuando estudiaba estos temas y era, al mismo tiempo, entusiasta de los westerns, me decía que la invitación al diálogo es como una invitación al baile. En el baile o fiesta los vaqueros dejaban sus revólveres en la puerta: entraban desarmados, solitos y su alma, esperando encontrarse con prójimos en la misma situación y condición. Sólo así sería posible el baile gozoso. Dejar el revólver entrañaba un riesgo, porque podría no haber reciprocidad de la otra parte, pero si uno quiere bailar un baile que necesite que haya por lo menos dos, algún riesgo se debe admitir. En un diálogo para arreglar el salario, el sindicalista y la patronal entran con sus ideas y sus intenciones (además de sus valores y todo lo cultural), pero saben que tendrán que escuchar, sopesar razones, atender a lo mediato (el efecto que pueda resultar para terceros, por ejemplo) y llegar al consenso con lo que las partes concedan y consientan.
Atentamente:
JOTAVE