No hay marcha atrás para los manifestantes en Ucrania

Rafael Poch* y Pavol Stracansky**
Tanto el gobierno como la oposición son demasiado débiles para imponerse. Los grandes bloques entorno a Ucrania, la UE Europea y Rusia, practican un juego egoísta en lugar mediar para evitar el gran peligro de una implosión.
Los más de cuarenta muertos y los más de mil heridos que dejaron esta semana los enfrentamientos en el centro de Kiev, nueve de ellos policías, no han tenido más consecuencia que un pequeño avance de posiciones en el centro de la ciudad. La policía ha retomado el control de dos calles y algunas sedes del gobierno que habían sido ocupadas por la protesta, pero miles de personas continúan en la plaza. El anunciado inicio de una vaga “operación antiterrorista” no parece haberles impresionado mucho. Si las cosas no cambian, el pulso no resuelto empuja hacia más violencia.
El presidente Viktor Yanukovich, que en un dramático llamamiento televisado a la nación ha pedido a los líderes de la oposición que, “se desmarquen de los radicales”, acaba de cambiar al jefe de las fuerzas armadas. ¿Cómo interpretarlo? El ejército que siempre había dicho que se mantenía al margen de la crisis, comienza aparentemente a implicarse en ella. Se ha anunciado por ejemplo la movilización de una brigada paracaidista, pero no parece que vaya a haber una intervención inmediata.
Kiev recibe por estas horas a los ministros de exteriores de Alemania, Francia y Polonia, quienes junto con la responsable europea de política exterior, Lady Ashton, van a presionar al presidente, al que desde Bruselas, Berlín y París se amenaza con “sanciones”.

Posturas encontradas.
La película de los trágicos disturbios del martes, con muertes por arma de fuego en ambos bandos, no dejó en muy buen lugar a la oposición, que marchó con violencia contra la sede del parlamento poco después de que entrara en vigor una amnistía y de sucesivas concesiones del gobierno. Tanto la presidenta de Lituania, Dalia Gribauskaite, como su homólogo polaco, Donald Tusk, reaccionaron a aquellos sucesos condenando a ambas partes por lo sucedido, y expresamente a la oposición que, “provocó agresivamente” en palabras de la lituana. Horas después, sin embargo, Tusk no solo se alineaba por completo con la posición del embajador de Estados Unidos en Ucrania, considerando al presidente Yanukovich como único responsable de lo sucedido, sino que pedía sanciones contra el presidente en nombre de la Unión Europea.

Frontera.
Por su parte, el presidente ha dicho que la oposición, “ha cruzado la frontera al exhortar a los manifestantes a tomar las armas”. “Todavía no es tarde para escuchar, ya hemos pagado un precio demasiado alto por las ambiciones de los que quieren conquistar el poder, hay que sentarse a la mesa de negociaciones”.
La situación es sumamente peligrosa. El país, hay que recordarlo, está dividido en su identidad, su lengua y su religión, y una grieta política como la que se está creando podría ser fatal para su integridad y motivo de una gran violencia.
Ucrania mantiene fuertes lazos culturales y económicos con Rusia. Una sexta parte de los más de 45 millones de ucranianos son de origen ruso y otra sexta parte tienen el ruso como primera lengua.
En ese contexto, cuando hacen falta mediadores bienintencionados, la errática política de la UE -ese juego irresponsable del todo o nada dirigido desde Berlín con su subalterno polaco- no hace más que añadir leña al fuego. Apoyar descaradamente a uno de los dos bandos y amenazar con sanciones al otro, puede resultar sumamente contraproductivo. La visita de los ministros europeos es para presionar, no para mediar. Por su parte, Moscú también lo hace: evita aclarar cuando entregará los 2000 millones de ayuda prometida a Yanukovich. En el partido del presidente se están produciendo deserciones significativas. Rinat Ajmedov, el hombre más rico de Ucrania, apoya claramente la protesta, sugiriendo que tras ella, más allá de los deseos y aspiraciones populares en pro de una vida mejor y un sistema menos injusto, lo que hay sobre la mesa es una pelea entre oligarcas y magnates al servicio de uno u otro imperio. Hay que recordar que la actual oposición ya estuvo en el poder y que su gobierno no se diferenció en lo esencial del que ahora se denuncia: corrupción, corrupción y corrupción.

El estallido.
Las protestas comenzaron en Kiev a fines de noviembre de 2013, cuando el presidente Yanukovich priorizó los lazos con Rusia y rechazó un acuerdo que habría acercado a Ucrania a la UE.
Las manifestaciones se volvieron violentas a mediados de enero, tras la aprobación de una serie de polémicas leyes destinadas a limitar el accionar de los movimientos de oposición y proeuropeos.
Hubo cierto grado de esperanza a inicios de esta semana, cuando el gobierno amnistió a cientos de manifestantes detenidos y mostró disposición a hacer concesiones.
Pero la violencia regresó cuando el mandatario dio marcha atrás en sus planes de formar un nuevo gobierno y se negó a limitar sus amplios poderes. Los manifestantes marcharon hacia el parlamento y saquearon varios edificios, a pesar de que las fuerzas de seguridad disparaban contra ellos.

Puntos de inflexión.
Cada parte se acusa mutuamente de haber causado la violencia. La cantidad de muertos seguirá aumentando y no se vislumbra un final para este violento conflicto, dijeron algunos de los manifestantes.
Alexander Pyvovarov, médico voluntario en hospitales de campaña instalados cerca de las principales áreas de protestas en Kiev, dijo que “las cosas se van a agravar. Me preparo para más semanas de violencia. La gente está realmente furiosa, y no hay marcha atrás para ninguna de las partes”.
“Sé que todos los hospitales del país están evacuando a pacientes que no estén graves y haciendo lugar para los heridos. Todos saben lo que se viene”, añadió.
La capital está sumida en el temor. “Todos tenemos miedo por nuestras vidas. Tenemos miedo de que esto se convierta en una masacre”, dijo el médico.
Las muertes de esta semana marcaron un punto de inflexión en las protestas, según muchos ucranianos, algunos de ellos todavía neutrales en el conflicto.
Un residente de Kiev que pidió no ser identificado dijo que había observado de cerca las protestas y constatado un “violento y estúpido comportamiento” tanto de las fuerzas de seguridad como de los opositores. “Si mueren 25 o 125, no importa. El gobierno cruzó una línea y todos están molestos”, añadió.

Equilibrio.
Los bloques que rodean a esta gran nación europea a la deriva, no hacen más que complicar la crítica situación de Ucrania, un país que por sus característica no puede ser “ganado” definitivamente por nadie, sino que está condenado a buscar su lugar practicando el equilibrio entre sus dos grandes vecinos. Ni Moscú, que quiere integrar a Ucrania en su consolidación regional, ni la UE que junto con Washington quiere impedirlo aunque sea a costa de la desestabilización del país y de toda la región, parecen tener un guión que tenga en cuenta los intereses y la supervivencia de Ucrania.
En Kiev, con el metro cerrado y los accesos sometidos a fuertes controles, el ambiente de calle es de total normalidad. Solo en el centro arden las hogueras y se mantiene una vigilia expectante.
La ausencia de una mediación internacional cuando los dos bandos enfrentados son sumamente débiles -el presidente no puede imponerse sin arriesgarse a una gran matanza y un desorden generalizado en el centro y oeste del país, mientras que la oposición no representa, ni de lejos, a todo el país, carece de programa y sus líderes son unos incapaces-,es lo que convierte la situación ucraniana en sumamente peligrosa.
* Periodista. La Vanguardia
** Periodista. Inter Press Service