Nombres femeninos que dan cuenta de un cambio

Señor Director:
Desde que empecé a interesarme en los casos de femicidio, algunos nombres de mujeres se han incorporado a mi memoria.
Los más recientes fueron Candela, Angeles y Melina, pero si hago el reclamo a mi memoria surge una cantidad de otros nombres de mujeres de La Pampa, Buenos Aires, Tucumán, Córdoba, la Patagonia… Hablo de las que han sido víctimas de ese tipo especial de homicidio, porque en cuanto a la mujer hace mucho, seguramente que desde la infancia, que he sabido que no debía compartir la mirada (por nombrar así a algo más complejo, cultural) de la barra etaria, la del barrio o la escuela. Al saber de mujeres que desde la remota antigüedad han emergido en el océano masculino he podido venir reconociendo la singularidad de los sexos y, al mismo tiempo, la igualdad de sus condiciones naturales para afrontar el desafío (la alícuota del gran desafío) que aceptó nuestra especie al iniciar su trayectoria histórica.
En estos días (los de la pasada semana) he agregado el nombre Rocío a la ya poblada lista de mujeres de toda edad que aparecen como víctimas, pero a veces como sobrevivientes que asumen su situación (que no se esconden), cuando son ellas las víctimas. Esta Rocío es la hija de un suboficial de la Armada (ahora ex suboficial, pues ha sido destituido), Marcelo Girat, quien acaba de ser condenado a catorce años de prisión por haber abusado sexualmente de su propia hija durante años, cuando era menor de edad. La singularidad del caso es que este Marcelo sacaba a la niña de su casa, la llevaba a la dependencia militar donde trabajaba y allí la sometía. Rocío es ahora una mujer adulta; se podría decir que, según las fotos divulgadas, es de buena apariencia, pero que fuerza a mirarla de otra manera. Su rostro da cuenta, más que del sufrimiento soportado, de la determinación justiciera con que ha emergido de su calvario. Como lo vienen haciendo otras víctimas, ella da la cara y para eso revela su historia, la confirma, como quien tira “su honra a los perros” (los medios de difusión amarillos), para que otros pedófilos no se beneficien con las actitudes de víctimas que esconden su historia y su humanidad y estimulan la morbosidad.
Tuve ocasión de conocer a mujeres diferentes cuando me instalé en Buenos Aires, con ánimo de estudiar. Uno de mis primeros trabajos fue con Alicia Moreau y con su hija, también Alicia (Justo, pues el padre fue Juan B. Justo). Trabajaba Alicita en la traducción de un libro del francés al español y mi colaboración fue la de dactilógrafo, pero mi experiencia tuvo valor porque conocí a doña Alicia en su intimidad, ya sabiendo de la historia de su batalla por ser aceptada como alumna de Medicina, y de su quehacer político y feminista. Ahí pude comenzar a entender el feminismo, que venía impulsado desde Europa por las sufragistas y creo que empecé la no fácil empresa de separar de mí las intrusiones inevitables de la cultura machista imperante.
El caso es que esta Rocío se presenta como no menos resuelta, aunque creo ver en su rostro y en su mirada una suerte de sutil velo gríseo, que da cuenta de lo soportado cuando fue víctima de su propio padre, de su papel de acusadora y de la necesaria decisión de ser la primera en reclamar contra la decisión del tribunal, que condenó a Marcelo Girat a 14 años de prisión y dispuso que los cumpliera domiciliariamente (en una casa donde hay niñas menores). Habrá que ver si estas decisiones de un tribunal expresan una deficiencia o incompletitud de la legislación o revelan resabios de una cultura que sobrevive subterráneamente.
El mensaje de Rocío es que no hay que callar, porque el silencio no beneficia a quien lo guarda y desampara a las víctimas posibles. Por eso, dice, verá cómo ordena su vida para ayudar a quienes viven o pueden vivir experiencias como la suya. Desde las Madres de Plaza de Mayo asistimos a una potente presencia de lo femenino en la actualidad argentina.
Atentamente:
JOTAVE