Nueva aventura de El Eternauta

No deja de ser curioso advertir cómo una circunstancia política, sumada a una cuota de distorsión y una porción de macartismo, puede hacer que algo en apariencia (y sólo en apariencia) tan ajeno a la política como es una historieta pase a ser un objeto controvertido, discutible y emblemático de una u otra ideología, según se lo mire.
El comentario apunta a la polémica en que se vio involucrada en los últimos días la famosa historieta argentina El Eternauta, de la mano -es un decir- del jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires. Que Mauricio Macri dista mucho de ser el sutil político que pretende vender su imagen publicitaria es fácil advertirlo; que es un hombre que imprime a su acción el sello de su concepción política conservadora, y hasta reaccionaria, también. Para ello basta seguir su acción de gobierno plena de torpezas y desencuentros, para desesperación de quienes desde hace décadas vienen planificando su acceso a la Presidencia de la Nación.
En las últimas semanas el jefe de gobierno porteño tuvo dos notables errores, interrelacionados entre sí: habilitar un teléfono para denuncias de corte macartista (teléfono que ya fue acotado por la Justicia ante múltiples reclamos) y el pronunciarse contra la presencia y comentario de la historieta El Eternauta en establecimientos educacionales de su jurisdicción; esta medida, según dijo, se debía a su condición de “medio de promoción del kirchnerismo” y “forma de adoctrinamiento”.
Cabe señalar que El Eternauta es un hito de la historieta mundial, internacionalmente reconocido, y que renovó el género refrendando la calidad argentina en la materia. Su creador -Héctor Oesterheld, desaparecido junto con cuatro hijas y un nieto durante la dictadura militar- nunca ocultó su ideología y militancia en la izquierda peronista. En algunas de las prolongaciones que tuvo la tira, dicen los exégetas que hay una clara metalectura de crítica al sistema y a sus principales protagonistas. De hecho una antaño exitosa revista simpatizante de la derecha que publicó una nueva versión de la historieta durante la dictadura militar la dio por finalizada abruptamente.
Pero si poco afortunada resultó aquella expresión: “el Eternauta definitivamente no entra a los colegios”, que motivó una andanada de críticas, mucho más lo fue la que pretendió enmendarla: “Me expresé mal (…) el problema no es El Eternauta, sino El Nestornauta que usan para adoctrinar en las escuelas”, dijo al tiempo que reconocía que su propio gobierno había llevado a las bibliotecas escolares la obra que criticaba.
Sería ingenuo creer que quienes promueven la lectura de la tira no aprovechen sus aristas políticas e ideológicas si le son favorables, pero de allí al adoctrinamiento que menciona el jefe de gobierno porteño hay mucha distancia y es imposible no reconocer que el valor artístico y motivacional de la tira es muy superior a cualquier contenido político. De hecho, mal que le pese al funcionario, no hay textos absolutamente neutros.
Con semejante flanco abierto de inmediato le llovieron las críticas recordándole el juicio por espionaje que deberá afrontar antes de dos años y la bajeza de incitar a la delación a través del teléfono instalado, “más efectivo que el espionaje” para crear una atmósfera de persecución.
Para peor, tanto el titular del Ejecutivo porteño como su ministro de Educación avalaron el sumario y la suspensión de un grupo de maestros que habían llevado a cabo una representación paródica de ambos durante un acto escolar. La medida, como no podía ser de otra manera, terminó desatando la ira de los docentes, que respondieron con paros y manifestaciones.