Nueva figura urbana y su variedad de motivos

Señor Director:
La figura del que choca o atropella a persona en la rúa y huye, es decir, trata de desaparecer, es cada vez más frecuente.
Queda por saber si esta mayor frecuencia se debe a que el movimiento de vehículos en las calles de pueblo se acrecienta y favorece el desarrollo de fobias. Impresiona el abigarramiento y heterogeneidad de vehículos: autos, camionetas, motos, bicicletas, también camiones y colectivos, a veces hasta carros con tracción a sangre, peatones distraídos y una variedad de baches, diversos en tamaño y profundidad y también taxis que parecen haberse extraviado de un rally, más los que se mueven sobre patines y patinetas y toda esta movilidad embretada por apretadas filas de vehículos estacionados contra las aceras y aún la frecuencia de automotores indescriptibles e inverosímiles en su estado y su capacidad de subsistir en ese maremágnum, desportados o descapotados y atados con alambre, cuyos conductores parecen ser los últimos vestigios de la raza de los impredecibles dado que ensayan moverse sin velocidad y con frenos que a veces sí y muchas más veces no. Se dice que la rúa es la nueva jungla, pero se yerra porque en la selva hay espacios de sosiego y si no todo está pautado, la experiencia de cada especie animal y vegetal ha impuesto una legalidad que da previsibilidad al acontecer. ¿Acaso es previsible el conductor que se nos cruza o que puja para adelantarse o que gira sin avisar? ¿Y el que usa su teléfono mientras marcha? ¿Y el que busca estacionamiento? La rúa es una configuración novedosa y cambiante, quizás una metáfora de la vida actual en urbes que ya no son lugares para vivir sino, apenas, para durar, lugares donde ahora, en cualquier ciudad del mundo y en cualquier momento, puede estallar un hombre bomba o tartamudear un fusil ametrallador.
La crónica diaria da cuenta de una mayor frecuencia de casos del conductor que no se hace cargo de lo que hizo por descuido o distracción y que, si tiene oportunidad, sale huyendo con la esperanza de que ninguna cámara haya registrado su presencia y ningún testigo pueda dar precisiones a los investigadores. Si nos preguntamos por qué huyen, por qué tratan de no hacerse cargo, la respuesta meditada puede ser tan diversa que equivale a una no respuesta. Puede darse el caso del irresponsable que es capaz de producir un accidente o matar a un peatón en una calle despejada. Puede ser que se recuerde los casos en los que los testigos ocasionales trataron de hacer justicia por su mano y la emprendieron a golpes con el presunto culpable, hasta matarlo en más de un caso. Puede ser tantas cosas: que conduzca un coche robado o sacado sin permiso del papá, que no tenga carné de conductor o que carezca o haya olvidado poner el documento personal o las constancias del seguro exigido o que sabe que su vehículo no tiene frenos confiables o que sí, es cierto que iba hablando por su celular o mandando un mensaje de texto o que lo quemó el cigarrillo o que se acordó que debía haber estado en otra parte o que alguien no debía saber que estaba manejando el coche cuando debía estar en cama según había avisado al empleador o que se le vino a la cabeza la imagen de su persona trajinando abogados y tribunales o quizás en la cárcel del lado de adentro como preso…
Hasta se puede compadecer al “pobre tipo” porque lo raro es que siga habiendo tantos cuerdos y responsables al volante. ¿Acaso las condiciones para obtener el carné son suficientes habida cuenta que el número de vehículos y su poder crecen exponencialmente, mientras las rúas siguen siendo las mismas? ¿No será que hay que rediseñar periódicamente la urbe que crece sin cesar, expandiéndose hacia todos los rumbos, incluyendo la altura? Si Jehová confundió las lenguas de los constructores de la torre de Babel, ¿qué sorprende que la babel de las ciudades confunda no ya las lenguas sino las mentes y las pautas morales de los habitantes?
Atentamente:
JOTAVE