Nuevos delitos que asombran al ciudadano

En las últimas semanas se registraron en la provincia una serie de delitos cuya singularidad hace imposible no considerarlos, al tiempo que sugieren la necesidad de un nuevo enfoque y acción oficial sobre el tema. No se trata de ser alarmistas sino objetivos, y esa condición nos lleva a destacar la índole de esos hechos concretados con nuevos métodos, desconocidos en nuestra zona de influencia hasta hace muy pocos años.
Los casos se produjeron fundamentalmente en las dos mayores ciudades de la provincia, pero es evidente que esa clase de delitos ha comenzado a extenderse a las poblaciones menores, acaso con los mismos protagonistas, que se sirven de la facilidad en la comunicación entre los núcleos urbanos. En tanto, una parte de la sociedad pampeana parece convencida que son consecuencia de la radicación entre nosotros de sujetos oriundos de grandes centros urbanos.
Al margen de lo novedoso en el obrar de quienes delinquen, ha comenzado a hacerse notorio el aumento del grado de violencia e insidia que se observa en cada hecho. Como ejemplo vale señalar el caso de dos mujeres y un menor de edad que en General Pico intentaron atacar con una bomba molotov nada menos que a una comisaría, lo que habla también de la alteración que tenían los protagonistas que no midieron las consecuencias del acto.
Pero si de audacia se habla, asombró en los últimos días ver cómo en Santa Rosa una persona quiso ingresar a un pequeño negocio barrial pretendiendo asumir la identidad de un alto jefe de las fuerzas de seguridad. Sólo la desconfianza creciente que se ha instalado en los ciudadanos impidió el atraco, en buena medida por casualidad.
El colmo de estos sucesos, por el grado de peligrosidad que conlleva, se evidenció en el tiroteo que, en pleno centro de la capital provincial, protagonizaron hace muy pocos días dos delincuentes, disparando sin reparos en el ámbito público y poblado para dirimir diferencias personales.
Estos ejemplos, apenas tres de varios que podrían citarse, muestran el incremento del grado de violencia que traen aparejada la actividad delictiva, cosa que no es nueva y que ya lo hemos desarrollado en esta columna. Además muestran una evidente pérdida de respeto por la policía y por las leyes, a punto tal de llegar al ataque directo sobre estas instituciones. También podemos agregar que el uso de las armas -especialmente las blancas- se ha hecho absolutamente común, y también su utilización por jóvenes de edad muy temprana, en la niñez todavía.
Este escenario hace evidente la necesidad de algún ajuste en los mecanismos que rigen la vida en sociedad. No se trata de responder a estos hechos con una violencia mayor ni tampoco reducir la edad punible en los jóvenes -principales actores de estos lamentables sucesos- ya que se atacaría a las consecuencias que las causas que provocaron ese estado de cosas. Pero también resulta cierto que el ciudadano común se siente burlado cuando advierte que el joven delincuente que le ha causado un daño -a veces considerable- por toda pena es notificado por la justicia y entregado a su familia, que a menudo ofrece pocas garantías sobre el control de su futuro accionar.
Lo innegable es que las formas de la delincuencia entre nosotros han cambiado y se han agravado. Vivimos en una sociedad que, sin necesidad de caer en extremos lamentables, cuenta con las capacidades de crear herramientas de respuesta a esta situación. Solamente hace falta ponerlas en funcionamiento.