viernes, 20 septiembre 2019
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Otra engañapichanga: una «unidad nacional» fondomonetarista

LA SEMANA POLITICA

Macri atraviesa graves dificultades. Eso explica su nueva propuesta, engañapichanga, presentada como «unidad nacional». Es muy fondomonetarista en el fondo y electoralista en la forma.
SERGIO ORTIZ
El último grito de la moda macrista no es creación presidencial sino del sector minoritario de su gobierno, que él venía desoyendo: Rogelio Frigerio, ministro del Interior, y Emilio Monzó, titular de Diputados. Esta minoría de Cambiemos venía planteando una consulta y apertura de canales de diálogo y eventuales acuerdos con los gobernadores de Argentina Federal y los bloques de legisladores afines, como Miguel Pichetto, excluyendo a los K.
Esa apertura conduciría a que esa oposición tuviera más espacio en los medios y se llevara concesiones menores en el trato político y el plano económico. El triunfalismo del PRO, del presidente y su jefe de Gabinete Marcos Peña, se resistía a abrir siquiera milímetros las canillas del poder. No querían que salieran de allí unas pocas gotas hacia lo que ellos calificaron como la oposición racional («la loca» ya se sabe cuál sería).
La cerrazón del extraviado jefe de Estado y su cortesano más apreciado ni siquiera cedió cuando el acuerdismo captó como espadas al «hada buena» María E. Vidal y el «Guasón» Horacio Rodríguez Larreta.
Tuvo que rodar el gobierno a las profundidades más oscuras del descrédito, esas que daban por sentado que en octubre sería derrotado por Cristina por 9 puntos en balotaje, dato de la consultora amigable Isonomía, para que el dúo vernáculo aceptara bajo protesta dar luz verde a Frigerio, Monzó y al Guasón.
Cuando se está en graves aprietos, se comienza a dialogar con los más amigos. Eso hizo Frigerio, al comunicarse con Juan M. Urtubey y luego con Pichetto. El borrador de diez puntos del oficialismo salió en simultáneo vía Clarín y La Nación, las dos plataformas aliadas. Rodríguez Larreta era el encargado de comunicarse con Sergio Massa, pero no le fue bien. En modo amigable, también saludó a la expresidenta al cruzarse accidentalmente en Aeroparque.
Esas gestiones de los operadores fueron más importantes que las del propio Mauricio Macri, quien habría llamado telefónicamente a algunos de los potenciales interesados en su proyecto de seudo «unidad nacional». Como está muy quemado y todo lo suyo suena a mala palabra, los interlocutores no confirmaron haber recibido esos llamados y menos aclararon cuáles fueron sus respuestas. Sí se supo que hasta Roberto Lavagna les dijo «osoooo».

Al pie del Fondo.
La propuesta de unidad entre gobierno y oposición son diez puntos muy genéricos. Es algo tan modesto que hasta los impulsores y socios se han abstenido de ponerle nombres rimbombantes tipo «Pacto de la Moncloa». Lo llaman «borrador».
Éste es el listado: «Lograr y mantener el equilibrio fiscal; Mantener un Banco Central independiente que combata la inflación; Mayor integración al mundo; Consolidar la seguridad jurídica; Creación de empleo con cambios en la legislación laboral; Reducción de la carga impositiva a nivel nacional, provincial y municipal; Consolidar un sistema previsional sostenible; Consolidar el sistema federal; Asegurar un sistema estadístico transparente; El cumplimiento de las obligaciones con los acreedores».
La redacción trasluce abiertamente la intención de continuar con el ajuste, los tarifazos y el enorme endeudamiento que son la esencia del proyecto que se viene llevando adelante desde el 10 de diciembre de 2015.
Apenas hay que agregar unas pocas palabras a cada frase, para entender exactamente lo que busca el macrismo. Por ejemplo, si al primer punto de equilibrio fiscal se le agrega, «con déficit cero, como es la imposición del FMI», la cosa quedaría absolutamente clara.
En el segundo punto, del Banco Central, sólo se añadiría, «manteniendo la oficina del FMI dentro del mismo, así como tasas para las Leliq del 72 por ciento anual».
Otros puntos están meridianamente claros, como la reforma laboral precarizadora tantas veces intentada por el PRO-Cambiemos. Ídem con el sistema previsional «sostenible», o sea aumentando las edades para percibir el beneficio y recortando las jubilaciones. Ambos tópicos son parte de las convicciones empresariales de Macri y su gobierno de CEOs, pero también de las imposiciones de madame Christine Lagarde y míster David Lipton.
El décimo punto, que debería ir primero, trasluce el compromiso mayor de todos los unionistas seudo nacionalistas: cumplir las obligaciones con los acreedores. Es una deuda odiosa e impagable que se acerca a los 400.000 millones de dólares sobre el final del mandato amarillo.
Este decálogo de la dependencia omite toda referencia al mejoramiento de las condiciones de vida e ingresos de la mayoría de los argentinos. Esta vez, ni siquiera como promesa a 50 años, hubo alusiones a la «pobreza cera» o «inflación de un dígito».
El capítulo sobre «la integración al mundo» no necesita ampliaciones. Es archisabido que se refiere a las relaciones carnales con el imperio y el Reino Unido, sin importar Malvinas. Y que en relación a Latinoamérica, Macri se juega por el golpismo y el terrorismo alentados por Donald Trump contra Venezuela. En la semana volvió a apoyar al «autoproclamado» Juan Guaidó que buscó, sin éxito, un golpe de Estado pentagonista el 30 de abril y el 1 de mayo. Esos alineamientos con Washington se dan justo cuando se cumplen 9 años de la fundación de la Unasur, que Macri abandonó junto con el Cartel de Lima.

Porquería con dos cosas buenas.
Los oficialistas promueven su nueva mercancía admitiendo una cosa y ocultando otra. Admiten que un acuerdo de unidad nacional con buena parte de la oposición puede disipar los temores de los «mercados internacionales», alias «el mundo», sobre qué pasará a partir de diciembre. Supuestamente así tenderá a bajar el índice de riesgo país, que subió a mil puntos, y el dólar, ese «gatillo fácil» de los mercados, se irá tranquilizando.
Lo que no dicen es que ese dudoso escenario sería el mejor para las chances reeleccionistas de Macri. O sea que lejos de un sentimiento de amplitud y pluralismo, lo que está casi en la superficie del fenómeno es la búsqueda de una ventaja para un sector partidario.
Independientemente de si la expresidenta se sumaría o no a un documento tan imperfecto como el que hizo circular Frigerio, salta a la vista la intención oficial de dejarla lo más sola posible. Nadie la habló ni le pidió sumarse al minibus que lleva el cartel de «Olivos-Casa Rosada». La quieren dejar en la vía y si fuera posible pisarla, mejor.
De todas maneras, Cristina está bastante bien en lo suyo, aún descontando el silencio oportunista que guarda tanto como su viudez de nueve años. La presión mediática y judicial, con cierto arrastre en la sociedad más atrasada y envenenada políticamente ha cedido bastante. Es que se fueron conociendo mejor las andanzas de la asociación ilícita que tiene de imputados al fiscal Carlos Stornelli y otros miembros de la banda con cara visible en Marcelo D’Alessio. Esa debilidad de las acusaciones inventadas contra CFK se acentuó al saberse lo guionado que estuvo el testimonio en su contra de Leonardo Fariña.
No es que Cristina viva en el mejor de los mundos. Pero ella está mucho mejor política, electoral y personalmente que quien la reemplazó en la Rosada en 2015. El dato que lo corrobora es el extraordinario éxito editorial y ventas en la web, vía Amazon, de su libro «Sinceramente»; Matilde Sánchez informó en Clarín que ya se han editado 215.000 ejemplares.
Si a ella no la invitan a ser parte del cortejo acuerdista, tanto mejor.
Es que por lo analizado hasta aquí, la maniobra de Cambiemos es una porquería política, con apenas dos aspectos que son buenos, al margen de la intención de sus autores y cómplices.
Una cosa positiva es que repone la necesidad de que las fuerzas políticas planteen un programa donde expresen sus objetivos. Este decálogo es propio de la dependencia, pero desde otro ángulo repone algo elemental de la política: que se explicite un programa y no se limite todo a componendas y zancadillas de dirigentes y candidatos. Ni siquiera Cristina, a la que se elogió recién, ha dicho esta boca es mía en cuanto a programas.
El otro aspecto rescatable es que la oferta oficialista ayuda a dejar en offside a varios opositores que se presentan como tales y en realidad son materia dispuesta a sumarse a la comparsa macrista. Para quienes tienen una mirada política medianamente entrenada era obvio que Pichetto hacía demasiadas gauchadas al PEN como para ser aliado de un frente patriótico como el que varias veces enunció el kirchnerismo. Pero verlo aceptar en general el borrador y decir que ahora hay que pasar a una segunda etapa del diálogo para concretarlo, disipa las dudas que pueden tener los partidarios de una «unidad de todos» quienes se oponen a Macri.
La unidad, como la democracia, es una bella palabra en cuyo nombre se suelen cometer los más alevosos crímenes. Es lo que hace el presidente, al presentar como «unidad nacional» a una vulgar «unidad fondomonetarista». En cierto modo se le parecen algunos antimacristas, que llaman a una «unidad patriótica» con personajes como ese senador de baja estofa sin votos en Río Negro.